Seguidores

lunes, 30 de septiembre de 2013

Octubre.

¿Alguna vez has sentido que eres diferente? Ya sabes, como haber nacido para hacer grandes cosas. Sentir que tu vida misma es una película que acaba de empezar pero que ya está escrita. O que la estás escribiendo y filmando al mismo tiempo que caminas, quién sabe.
Dime, ¿lo has sentido? ¿te has sentido igual que el protagonista de una tragicomedia? Pues yo sí, desde que era pequeña.
Yo siempre pensé que era distinta, en cualquier aspecto. Recuerdo que con ocho años o siete llegué incluso a ver al resto de personas como robots programados para llevar a cabo una función en el escenario. Qué idiota, ¿no? Y qué egocéntrica, creerme que era la única con un corazón palpable.
Pero eran cosas de críos, como cuando mirábamos debajo de la cama o dentro del armario buscando monstruos azules y gigantes. Aunque, no me culpo de haberlo creído así, la verdad es que me veía distinta.
Al fin y al cabo, ellas corrían deprisa y yo era siempre la que prefería estar sentada o leyendo un libro (para mayores o con menos dibujos de los necesarios); ellas aspiraban a jugar con las muñecas y yo ya estaba planeando mi futuro, con alguien. Y, bueno, ellas tenían a alguien y yo... yo tenía mi imaginación, aunque suene cómico.
Me he pasado dieciséis años imaginando cómo sería mi vida a los dieciocho o a los veinticinco, siempre imaginando lo que sería ser mayor, ser libre. Escribir, tener un libro publicado, alguien que te abrace y te vea diferente al resto.
Y el caso es que quizás, mi error haya sido ese: imaginar, en lugar de hacer algo, quedarme sentada esperando que tú llames a mi puerta.
En esperar se basan mis días. En huir de mis miedos porque, sí, mientras ellas se comían el mundo yo prefería quedarme con las sobras.
Me veía distinta, vaya que si me lo veía. Y no lo voy a negar, ahora también. Así que supongo que éste es el momento en el que tú dices ''¡oh, vaya, qué creída!'' y yo lo niego porque no es creidismo, es el resultado de ver a todo aquel que te rodea actuar y aspirar a lo mismo. 
Excepto a ti, tú también eras diferente. Tú eras como yo pero peor. Peor porque tú estabas convencido de quién eras, y yo simplemente lo creía. Tú estabas seguro de saber lo que querías, de hacer lo correcto, de que lograrías evitar cualquier daño posible.
Pues te digo, dulce otoño de martes, que estabas equivocado. Que te dije que no eras igual al resto porque pensé que eras mi reflejo, incapaz de desvanecerse. Te tomé por algo etéreo y no eras más que humo. Un espejismo, algo que finge ser una persona diferente porque tiene miedo y rabia dentro al mismo tiempo. Y eso es de cobardes. Tú siempre fuiste más cobarde que yo.
Porque a mí me dan miedo los callejones oscuros, las personas que se cruzan conmigo por la calle o incluso un simple viaje en avión. Pero a ti (oh, a ti), a ti te daba miedo yo.
Así que te digo que si, soy diferente al resto y tan inofensiva como una simple mariposa, no tenías por qué temer.
Pero tú siempre fuiste un ciego, y no fuiste capaz de ver lo que me diferenciaba del resto. Ni nadie, nadie podrá verlo nunca, porque es algo de lo que sólo yo sé darme cuenta.
La cosa es, que no estuve convencida de quién era hasta que me tomaste por una más.
Y no lo soy. No voy a serlo jamás, no voy a dejarme ser otra gota de lluvia, yo quiero ser la tormenta entera. Quiero hacer cosas grandes y dejar huella en todo aquel que pase por mi vida.
Y tú, tú no has creado el desastre que soy ahora: me has dejado ver mi propio caos.
Y a ti, a ti te cuento estas historias, porque aunque no serás tú quien me lea, al menos será a ti a quien escriba.
O no.
A lo mejor esto es lo último que te dedico.
O no.
Pero al menos sabré que si no viste el fuego que escondía, es cuestión de tiempo que el incendio se extienda.
Y entonces notarás mi calor una vez más creándose paso entre la nieve.
Y no podrás huir de mí, porque habré devorado el mundo después de tanto tiempo imaginando a qué sabría cumplir un sueño.

martes, 24 de septiembre de 2013

Y si somos algo lo ocultamos demasiado bien.

Que quién soy, dices, mientras clavas tu pupila en mi pupila (como diría Bécquer). Que quién soy, preguntas. Que quién eres.
No lo sé, no sé ni siquiera quiénes somos.
Podría decirte que para mí eres una metáfora del otoño que intenta esconder un verano. Podría, por ejemplo, escribirte mil poemas mal rimados para intentar explicarte que sin ti, no hay un yo; y tú no llegarías a leerlos.
Ciento treinta y cuatro veces he intentado gritar tu nombre y ciento treinta y cuatro veces estabas demasiado lejos para escucharlo. Demasiado lejos, siempre demasiado lejos.
Doscientos diez días he llorado porque cada parte de mí me recordaba a ti, y cada parte de ti me recordaba a ella -que no hay un tú sin ella eso lo sabemos todos-.
Y más de cinco mil horas arrepintiéndome de haberte empujado y convertido en una distancia más que kilométrica. (Aunque tú ya hubieras empezado a dar tus propios pasos en dirección contraria).
Tantas cifras, tantas historias que no eran más que tu nombre escrito en palabras. Tantas, que me resulta imposible explicarte quién eres, quién soy, quiénes somos.
¿Y no será que no somos nada? Que tú era(e)s mi todo y yo quería por los dos. Quizás entonces fuera yo la única que formara parte del nosotros.
Cómo explicártelo, cómo. Si más de cien poemas te he escrito, y aún así no encuentro la manera de convertirte en literatura y dejar que seas sólo poesía.
Así que -digo, mientras clavo mi pupila en tu pupila- perdóname si no sé cómo olvidarte y aún sigo sin saber qué significado esconden cada una de las caricias que no has llegado a darme. Perdóname si después de tanto tiempo, sigo buscando la salida de emergencia que me permita rodearte y abrazarte por la espalda.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Idolatrar es para locos.

La verdad es que me resultaba familiar. Sí, su cara. ¿Nunca te ha pasado que crees conocer a alguien de antes? En otra vida, por ejemplo.
A mí siempre me gustó fantasear con esa posibilidad, con el hecho de que quizás hay personas que están destinadas a conocerse una y otra y otra vez. Aunque puede que vivir mil veces no merezca la pena si mil veces perdemos a esa persona.
¿Y si nazco dentro de unos años y no vuelvo a conocerla? Sería como si no hubiéramos vivido antes. Yo no sabría su nombre, ni ella el mío. No sabría de su existencia ni de su color favorito. Sería muy triste, pero jamás llegaríamos ni siquiera a imaginar que en un rincón de nuestra memoria residen esos detalles.
Qué digo, ni siquiera ahora sé cómo se llama.
Soy un cobarde. Era un cobarde. Con lo fácil que resulta preguntarle a alguien: ''Oye, ¿cómo te llamas?''. Fácil. ¡Fácil para algunos!
La puerta del café estaba abierta cuando llegué, posiblemente por culpa de algún descuidado. Aún así, dentro no hacía frío, el vapor de los cafés y la calefacción hacían bien su trabajo.
Quizás aquel día fue el más importante, o puede que en realidad fuese el más insustancial de todos los siguientes. Pero se convirtió en mi favorito, no sé muy bien por qué.
La primera diferencia que noté fue a ella, había llegado primero. Estaba sentada en la mesa de siempre, al lado de la mía. Me preguntaba por qué escogía esa y no otra, habiendo tantas vacías.
Noté que me miraba de reojo. Yo no le seguí el juego. Estaba molesto, sí. Y era injusto, sí.
No era mi novia, ni mi amante. Ni siquiera era amiga mía, no tenía derecho a enfadarme con ella sólo por haberla visto con Jean. Pero lo estaba, y eso me hacía darme asco y pena al mismo tiempo.
Vacilé antes de elegir mesa, aunque terminé cogiendo la misma. Ella volvió a mirarme sin obtener reacción por mi parte.
Noté cómo se mordía el labio y fruncía el ceño. Quería decir algo. Luego sucedió lo de mi sueño: empezó a escribir una nota.
El sonido de una hoja siendo arrancada de su cuaderno, los trazos de una pluma dibujando letras curvas, el tacto del papel sobre mi brazo, el ligero roce de sus dedos.
Estaba sucediendo, no estaba dormido. Tragué saliva.
Había llegado el momento y no me atrevía ni a abrirla.
<<Hazlo ya, que no es una bomba>> me dije.
Y así, desdoblé la nota y leí lo que ponía:
<<Ven al puerto mañana a las siete de la tarde.>>
Entonces, antes de que pudiera si quiera responder, escuché el sonido de su silla deslizándose y su olor a almendras saliendo por la puerta. Era oficial, no había posibilidad de rechazo alguno.
Ella quería quedar conmigo, así, de repente. ¿Qué sentido tenía? El día anterior quedaba con el pintor, y ahora conmigo.
Quise molestarme, pero no pude. Podía más la alegría de verla fuera de aquellas cuatro paredes que el hecho de que pudiera estar jugando a dos bandas.
-Bueno, ¿lo de siempre? -inquirió James.
Ya no tenía sentido estar en el café, al fin y al cabo estaba allí para verla, y eso ya iba a hacerlo (y además a solas) un día después.
-No... -me levanté y cogí mi abrigo-. De hecho ya me iba.
-Pero si acabas de llegar - se extrañó.
-Ya, pero he recordado que tenía que ir a un sitio.
James hizo un mohín de preocupación y luego se rascó la nuca, buscando las palabras.
-¿Estás bien? Ya sabes, de lo tuyo. Últimamente te noto raro.
-¿Lo mío? - quise saber.
Yo estaba perfectamente, no me pasaba nada. Era él el que llevaba varios días insinuando cosas extrañas.
-Nada, déjalo - rió.
Una vez más evitó el tema, pero esta vez no iba a dejarlo pasar.
-De verdad James, explícame a qué te refieres, porque te juro que yo no entiendo nada.
En ese momento alguien hizo un gesto con la mano, requiriendo al camarero (muy oportuno, por cierto) y él tuvo que irse. Se había librado de darme explicaciones sólo por hoy.
De todas formas... no podía esperar ni un minuto más. Tenía unas ganas tremendas de que fuese mañana.
Llegué a mi casa, qué digo... ¡corrí hasta ella!
Estaba nervioso, muy nervioso. Aún así, pude dormir lo suficiente como para que mi cara no delatase las mariposas de mi estómago.
El puerto, cuánto hacía que no iba allí, y eso que vivía en una ciudad costera. Sin embargo fue al llegar cuando supe que el mar no me gustaba.
Ese salitre del aire, la arena pegándose a tus zapatos, el desafinado ruido de las olas... No, definitivamente eso no era lo mío.
No sabía dónde buscarla, no había especificado sitio. Caminé por los puestos de los pescadores y rodeé unas cuantas redes.
Por pura casualidad, llegué a un muelle. Me resultaba familiar, fue como haber seguido unos pasos que di hace mucho tiempo. Pasos que no recordaba haber dado.
Y sí, ella estaba allí, con un vestido azul ondeándose al viento, de espaldas a mí. Observaba el horizonte como si quisiera ver más allá de él.
No me atreví a decir nada, porque simplemente no sabía qué palabras escoger. Fue ella la que se giró cuando escuchó el crujir de la madera bajo mis pies.
Seguía sujetándose el pelo detrás de la oreja con los labios entreabiertos a modo de sorpresa, que luego terminaron convirtiéndose en sonrisa.
Pareciera que me conocía de antes. ¿Me conocía? Recordé entonces las palabras de James el primer día que la vi:
<<-¿Y bien? ¿Quién es?
-Oh, muchacho, si ya lo sabes...>>
''Oh, muchacho, si ya lo sabes...''
La conocía. Yo la conocía. Pero, ¿de qué? No la recordaba, no sabía su nombre. No sabía quién era cuando la vi entrar por la puerta aquel miércoles de finales de octubre. Era imposible.
Puede que James estuviera siendo metafórico, que se refiriese a que la conocía de otra vida. Puede que fuera eso, una simple broma.
Tenía que serlo.
-¡Willie! ¡Willie, has venido!
Ella corrió y saltó sobre mí en un abrazo.
Por Dios, qué estaba haciendo. Ahora lo entendía todo: me había confundido con otro.
-Creo que te has equivocado... yo no me llamo Willie, me llamo Rick - la aparté de mí con delicadeza.
Ella ladeó la cabeza, interrogante, luego arqueó las cejas, como si acabara de recordar algo, y me miró con tristeza.
-Claro que eres Willie, lo que pasa es que tú no lo sabes.
Aquella mujer deliraba, estaba más loca que yo por ella. La había juzgado antes de conocerla. La había imaginado fría e impasible ante los hombres. La había imaginado más madura, más seria.
La había imaginado diferente, y sin embargo la original me gustaba más que la ficticia.
-Bueno, entonces empecemos de nuevo - me giré y retrocedí sobre mis pasos. Luego volví a mirarla-. ¡Vaya, cuánto tiempo!
Alargué los brazos esperando un abrazo. Llámame aprovechado si quieres, porque es precisamente lo que fui. La chica hizo lo mismo de antes. Su olor a almendras era aún más dulce rozando mi cuello.
-Bueno, ¿a que no sabes quién soy? - dio una vuelta sobre sí misma-. ¿A que no me reconoces?
-No, claro que no - me rasqué el mentón, fingiendo que buscaba una respuesta- has crecido mucho desde la última vez que te vi, Maya.
Ella se paró en seco. Qué acababa de hacer, se me había escapado.
-Te acuerdas... - susurró.
-¿Qué? - no pude escuchar lo que dijo.
-¡Que sí, que soy yo! - rió nerviosa - ¡me has reconocido aun habiendo crecido tanto!
Yo sonreí. Parecíamos dos niños pequeños de veinte años. Qué ingenua se la veía, y qué feliz.
Ella se acercó a mí y me cogió con suavidad de la mano, temiendo romperla.
-¿Sabes a dónde te voy a llevar? A tu sitio favorito. Ya lo verás.
Entonces salió corriendo, arrastrándome.
Maya seguía riendo mientras atravesábamos el mercado y los puestos del pescado. Algo me dio una punzada en el estómago, vi a dos niños pequeños sorteando gente con bolsas de la compra. Fue fugaz, cuando hubimos salido del puerto, ese recuerdo se desvaneció.
-¿Es que no te cansas de correr? - dije, jadeando.
Habíamos dejado la playa atrás y ahora, a lo lejos, se veía un parque.
-¡No!
Siguió corriendo, y, efectivamente, llegamos hasta él.
Se suponía que era mi sitio favorito, ella decía que era mi sitio favorito. Decidí creerla, más por afecto que por voluntad propia. Estaba loca, debía tener algún trastorno. No era normal aquello que estaba haciendo.
Decidí seguirla el juego, como a una niña pequeña.
Me llevó tras de sí a un césped, frente a un recinto con toboganes y columpios. Se sentó y me indicó con la mirada que yo también lo hiciera.
-¿Ves ese columpio de allí? Pues con cinco años me caí y me hice esta cicatriz en la rodilla - me la enseñó.
-Vaya, qué bonita - ella sonrió.
-Y ahora, ¿ves ese tobogán? El amarillo, el más viejo - asentí -. Recuérdalo, y luego te diré algo de él - me guiñó un ojo.
Yo asentí con la cabeza y la miré. Maya seguía observando el tobogán, con nostalgia. Me pregunté quién sería ese tal Willie y por un momento le envidié por haberla conocido mucho antes que yo.
-Tú no eres de aquí, ¿verdad? - pregunté, al cabo de un rato.
-No. No, qué va - bajó la mirada -. Soy del centro. Ya sabes, ciudades grandes y eso.
-¿No te gustan las ciudades grandes? - negó con la cabeza -. ¿Por qué?
-Porque a mí me gusta el mar, los sitios con barcos y poca gente - arrancó una brizna de hierba.
-¿Entonces qué haces aquí? - imité lo que ella hizo.
-Yo veraneaba en este pueblo cuando era pequeña - me contó -. Esperaba, exactamente, nueve meses para que llegara junio, desde septiembre - sonrió triste -. Siempre fui más feliz aquí que allí. Allí me sentía enjaulada, aquí te tenía a t... -se mordió el labio, impidiendo dejar salir el resto de palabras.
-¿A quién?
-A un amigo. A mi mejor amigo.
Claro. Ya lo tenía. Jean era su mejor amigo, por eso les vi el otro día en el café. Me sentía aliviado y solté un suspiro sin querer que ella no pareció escuchar.
-¿Sigues viendo a tu mejor amigo?
Maya me miró.
-Sí, le sigo viendo, pero ya no es mi mejor amigo.
Entonces vi cómo se le humedecían ligeramente los ojos. Me hubiera gustado hacer algo, pero vi cómo ella controlaba perfectamente las lágrimas. Parecía que las tuviese domesticadas, que con un sólo apretón de las mandíbulas, éstas supieran que debían quedarse donde estaban.
-Bueno - miró su reloj- tengo que irme.
Se levantó y se sacudió el vestido.
-Si quieres te acompaño a casa.
-No, no hace falta.
Volvió a abrazarme, esta vez de forma más tierna que al principio. Y luego se dispuso a marcharse.
-¡Espera! -grité, aún sentado -. Dijiste que me dirías algo sobre el tobogán.
-¡Ah, es cierto!
Maya retrocedió sobre sus pasos y se acercó a mi oído. Luego, lo señaló y me dijo, casi susurrando:
-En ese tobogán, te caíste tú.
Sonrió ladeadamente, y acarició mi rodilla al marcharse. Vi cómo se alejaba callejeando hacia el puerto, con ese caminar tan particularmente suyo.
La tomé por loca, hasta que al llegar a casa, vi la cicatriz que tenía en el lugar de su caricia.




domingo, 22 de septiembre de 2013

Hablando de futuros, jugando a imaginar.

¿Es posible explotar en metáforas? Ya sabes, gritar al primero que se tome el tiempo de tomar tu tiempo y hacerlo útil; decirle al destinatario equivocado lo que llevas guardando por años.
Es posible, sí.
Podría decirse que somos como bombas. Bombas que caminan y respiran, esperando el día en que alguien se siente frente a ellas para preguntarles por su historia.
Alguien dirá, en un café cualquiera dentro de dos años:
-¿Qué te pasó?
Y te mirará directamente a los ojos, intentando leer el poema que esconden tus pupilas.
Y tú entreabrirás los labios queriendo decir algo, y todo lo que te saldrán serán lágrimas.
Ese desconocido arqueará una ceja, acercará su mano a tu mejilla y hará lo mismo que tú: intentar decir algo.
Entonces sonreirás ladeadamente y usarás el dorso de tus dedos para acallar tus ojos. Y le dirás lo que pasó. Le contarás quién fue la bomba que explotó cuando tú intentabas sacar toda su pólvora. Cantarás historias, con la voz medio desgarrada, de un pájaro pequeño que buscaba volar pero no podía, porque sus alas estaban atadas a una jaula.
Te preguntará cuál es tu guión, la película que estás grabando, y tú le responderás con un nombre concreto. Ese mismo que no eras capaz de pronunciar, porque sus iniciales eran como un golpe en el estómago.
Hablarás de la explosión que te hizo daño y te quemó el pecho, y se quedó en él atascada en forma de esquirla.
-Pero, no llores, ¿no ves que yo no soy un peligro?
Dirá, medio riendo.
-Pero yo sí. Yo soy el peligro.
Le mirarás directamente a los ojos, esos que tanto te gustan porque son lo más corriente del mundo, igual que los tuyos, y él volverá a hablar.
-No pasa nada, tengo un chaleco antibalas.
Sonreirá y tú sonreirás con él. Pasarán las horas y tú te marcharás de aquel lugar completamente vacía y llena al mismo tiempo. Porque no habrás explotado, habrán parado el detonante.
Sí, sería bonito que eso sucediese.
Pero, ¿y si no llega nunca nadie a ocupar ese asiento libre?

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un día en tres otoños.

Nunca me gustó septiembre, yo siempre fui más de octubre y de noviembre; de días grises y noches claramente oscuras de luna llena y lluvia en los cristales.
Septiembre, sinónimo de principios, quizás por eso lo encuentro tan vacío, porque yo siempre fui más de intermedios. Intermedios como tú, entre el sueño y el insomnio.
Podría decirte que odio diciembre desde el día en que empezaste a desvanecerte, a estar más nítido, a estar no estando. O febrero (oh, qué fatídico febrero). También podría decirte que lo detesto, pero no.
Incluso mayo se me queda casi tan grande como mi cama sin ti.
Sí, podría decirte que odio todos esos meses, o que vuelvas. También podía decirte que vuelvas. Y entonces quizás, empezaría a coger más cariño a septiembre. Pero no.
-¿Y qué pasa con el verano? -dices, casi susurrando.
Pues pasa que el verano no ha llegado aún. Que ni junio ni julio, ni el calor de agosto tendrán nombre de estación hasta que note tu perfume a mis espaldas.
No será verano hasta que vea el mar en tus ojos, y sepa cómo se alborota tu pelo con el viento.
No será verano hasta que mire el horizonte de tus labios y digas <<Buenos días>> sonriendo detrás de una almohada.
No será verano si tú ríes y yo no estoy allí para escucharlo. No, no lo será.
Porque tú, dulce otoño de martes, no serás verano hasta que sepa dónde te escondes. No seré verano hasta que pueda ver cómo dices mi nombre, una vez más.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Un fin disfrazado de principio.

Hoy es un día blanco, uno de esos días en los que soy la tercera persona, el extra de una película que no es la mía. Hoy soy la pieza del puzzle que no tiene sitio que ocupar, la que se ha quedado fuera porque está en la caja equivocada. Dónde habrán quedado las piezas que me faltan.
Hoy veo pasar a la gente por mi lado y no sé qué historia esconden. Puede que ni siquiera tengan una que merezca ser escrita en un papel. Y todo se queda en eso, en pasar por mi lado. Me pregunto en qué momento me volví visiblemente invisible.
¿Es así como se siente una persona que está sola? ¿No es verdad que duele cuando todo son círculos que se hacen cada vez más estrechos y sin cupo para ser un trazo más?
Y quizás en días como éste es cuando más me parezco a una cajita de música, encerrada en sí misma para no dejar que ningún intruso escuche su melodía. Aunque es verdad que las notas sólo cobran vida cuando ésta abre sus puertas, pero a lo mejor es que no quiero mezclar mi mundo con el de fuera.
Dime, ¿qué se hace cuando no te sientes libre, pero no tienes un sitio al que escapar?
Será que tú eres mis alas, pero qué haré si alguna vez a alguien le da por cortarlas.
Me dolería más perderte que el hecho de no saber a qué saben tus abrazos.
Hoy. Hoy es un día blanco.
Y tiemblo con sólo pensar que quizás también lo sea mañana.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Capítulo final de lo que un día fue una historia interminable.

Paso. Paso. El sonido del tacón hace un ruido vagamente melódico en las baldosas de porcelana. Paso. Un vestido rojo. Paso.
Pasos que se acercan lentamente a alguien, una sonrisa ladeada color carmín que esconde todo el tiempo que ha estado esperando para salir. Unos ojos marrones levemente entrecerrados que no pierden de vista el frente. Mechones de pelo que acarician una cara redondeada y caen como una cascada castaña hasta una cintura que es capaz de seguir perfectamente el ritmo de las piernas.
Se para. La horquilla de sus labios se torna seria. Se coloca el pelo detrás de la oreja. Va a hablar.
-¿Me recuerdas?
Alguien que intenta responder pero no es capaz de hacerlo. Alguien sentado en el suelo, paralizado. Alguien que no tiene palabras porque todas ellas fueron prematuramente dichas hacía ya mucho tiempo. Alguien.
-No. No digas que lo sientes. No lo pienses si quiera. ¿A qué has vuelto?
Pasos que se dirigen hacia Alguien. Una chica que se para ante quien está arrastrándose, pero no se agacha a su altura porque sabe que ella ya rozó demasiadas veces el suelo y es su turno de estar en pie.
-¿Vienes para decirme que te arrepientes de algo? ¿Para intentar recuperar lo que lanzaste contra la pared sin reparo alguno?
Ella arquea una ceja. Alguien humedece sus labios porque sabe que ha sido muy predecible.
-Crees que la culpa es mía, que soy la mala de la película. Crees que fui yo quien apretó el gatillo pero, vaya, no recuerdas que fuiste tú quien me dio la pistola.
Un revólver contra la frente de alguien. Sudor frío por todo su cuerpo y tensión sobre su espalda.
-Así que soy la única que hizo aquel desastre. Así que era yo la que se equivocó y te partió en dos como el resto. Yo, yo fui la culpable. ¿No?
Ella se prepara para disparar.
-Deberías haberte bajado de tu pedestal de egocentrismo para mirar quién estaba en el suelo intentando subirse contigo. Debiste haberme ayudado a levantarme en lugar de tirarme una y otra vez, creyendo que sería capaz de tener la fuerza suficiente en mis piernas. ¿Creías que iba estar siempre ahí escuchando tus estupideces de niño pequeño con complejo de adulto? ¿Que iba a aguantar cómo me empujabas?
El martillo del revólver echándose hacia atrás. Los ojos de alguien cerrándose con fuerza.
-Nunca te espera nadie, ¿verdad? Siempre eres tú el que resulta peor parado. Pobrecito. Estúpido ciego. ¿No ves que estoy cubierta de cicatrices? ¿Que me he cansado de mirar la puerta por si tú te decidías a entrar? ¿No ves que me he cansado de ti? Que me has destrozado y no has pensado en las consecuencias.
Ella aparta la pistola, baja el martillo, la tira al suelo. Alguien abre los ojos y se encuentra con una mirada fría color café atravesándole el pecho.
-Se suponía que era mi turno de tirarte al suelo, pero veo que te has acabado cayendo tú solo. ¿No te lo advertí? Que algún día te darías cuenta, eso dije. Pues ese día ha llegado, y no pienso hacer sus horas más largas.
Ella da la espalda a Alguien. Pasos. Sonido de tacón contra la porcelana. Alguien que alarga su brazo para intentar detenerla y nota el roce de un vestido que se escapa entre sus dedos.
Se detiene. Ladea la cabeza y mira hacia atrás de reojo.
-Ahora date cuenta de que tú tuviste gran parte de la culpa. Yo fui la gota que colmó el vaso, pero tú eras el resto de la lluvia.
Pasos que se alejan. Una chica que sale por una puerta que nunca más volverá a ser abierta y sube las escaleras de un sótano, con las mejillas mojadas y la llave en el bolsillo.
Detrás del cerrojo una habitación con una única bombilla balanceándose en el techo. Alguien todavía sigue en el suelo. Ahora es sólo piedra. Sus ojos miran demasiado abiertos la puerta que acaba de cerrarse. Quiere decir algo, pero es demasiado tarde, ella ya no va a escucharle. Ya no.
La bombilla se apaga y todo se vuele oscuro.
Se ha terminado.
Tres letras blancas que cobran brillo por momentos:
FIN.
(¿Fin?)