Paso. Paso. El sonido del tacón hace un ruido vagamente melódico en las baldosas de porcelana. Paso. Un vestido rojo. Paso.
Pasos que se acercan lentamente a alguien, una sonrisa ladeada color carmín que esconde todo el tiempo que ha estado esperando para salir. Unos ojos marrones levemente entrecerrados que no pierden de vista el frente. Mechones de pelo que acarician una cara redondeada y caen como una cascada castaña hasta una cintura que es capaz de seguir perfectamente el ritmo de las piernas.
Se para. La horquilla de sus labios se torna seria. Se coloca el pelo detrás de la oreja. Va a hablar.
-¿Me recuerdas?
Alguien que intenta responder pero no es capaz de hacerlo. Alguien sentado en el suelo, paralizado. Alguien que no tiene palabras porque todas ellas fueron prematuramente dichas hacía ya mucho tiempo. Alguien.
-No. No digas que lo sientes. No lo pienses si quiera. ¿A qué has vuelto?
Pasos que se dirigen hacia Alguien. Una chica que se para ante quien está arrastrándose, pero no se agacha a su altura porque sabe que ella ya rozó demasiadas veces el suelo y es su turno de estar en pie.
-¿Vienes para decirme que te arrepientes de algo? ¿Para intentar recuperar lo que lanzaste contra la pared sin reparo alguno?
Ella arquea una ceja. Alguien humedece sus labios porque sabe que ha sido muy predecible.
-Crees que la culpa es mía, que soy la mala de la película. Crees que fui yo quien apretó el gatillo pero, vaya, no recuerdas que fuiste tú quien me dio la pistola.
Un revólver contra la frente de alguien. Sudor frío por todo su cuerpo y tensión sobre su espalda.
-Así que soy la única que hizo aquel desastre. Así que era yo la que se equivocó y te partió en dos como el resto. Yo, yo fui la culpable. ¿No?
Ella se prepara para disparar.
-Deberías haberte bajado de tu pedestal de egocentrismo para mirar quién estaba en el suelo intentando subirse contigo. Debiste haberme ayudado a levantarme en lugar de tirarme una y otra vez, creyendo que sería capaz de tener la fuerza suficiente en mis piernas. ¿Creías que iba estar siempre ahí escuchando tus estupideces de niño pequeño con complejo de adulto? ¿Que iba a aguantar cómo me empujabas?
El martillo del revólver echándose hacia atrás. Los ojos de alguien cerrándose con fuerza.
-Nunca te espera nadie, ¿verdad? Siempre eres tú el que resulta peor parado. Pobrecito. Estúpido ciego. ¿No ves que estoy cubierta de cicatrices? ¿Que me he cansado de mirar la puerta por si tú te decidías a entrar? ¿No ves que me he cansado de ti? Que me has destrozado y no has pensado en las consecuencias.
Ella aparta la pistola, baja el martillo, la tira al suelo. Alguien abre los ojos y se encuentra con una mirada fría color café atravesándole el pecho.
-Se suponía que era mi turno de tirarte al suelo, pero veo que te has acabado cayendo tú solo. ¿No te lo advertí? Que algún día te darías cuenta, eso dije. Pues ese día ha llegado, y no pienso hacer sus horas más largas.
Ella da la espalda a Alguien. Pasos. Sonido de tacón contra la porcelana. Alguien que alarga su brazo para intentar detenerla y nota el roce de un vestido que se escapa entre sus dedos.
Se detiene. Ladea la cabeza y mira hacia atrás de reojo.
-Ahora date cuenta de que tú tuviste gran parte de la culpa. Yo fui la gota que colmó el vaso, pero tú eras el resto de la lluvia.
Pasos que se alejan. Una chica que sale por una puerta que nunca más volverá a ser abierta y sube las escaleras de un sótano, con las mejillas mojadas y la llave en el bolsillo.
Detrás del cerrojo una habitación con una única bombilla balanceándose en el techo. Alguien todavía sigue en el suelo. Ahora es sólo piedra. Sus ojos miran demasiado abiertos la puerta que acaba de cerrarse. Quiere decir algo, pero es demasiado tarde, ella ya no va a escucharle. Ya no.
La bombilla se apaga y todo se vuele oscuro.
Se ha terminado.
Tres letras blancas que cobran brillo por momentos:
FIN.
(¿Fin?)
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