De ese tipo de belleza que no reside en los rasgos por azar, sino en los rasgos que uno mismo forma.
La manera de caminar, de colocarse el pelo tras la oreja, de ser amable con cualquiera, de no ver maldad en un mundo corrupto.
Detalles diminutos no detectables por cualquiera al principio, pero escandalosamente bellos cuando ha muerto la inocencia.
Era de ese tipo de belleza que se tiene sin ser consciente de ello. Sin ser consciente de lo complicado que resulta seguir viendo las cosas tras un tupido velo que deje al descubierto la bondad del universo, a cambio de ocultar la bondad propia a nuestro criterio.
Velo de inocencia que no todos poseen.
Belleza que ojalá nadie te arrebate, porque tienes la suerte de tenerla.
Y yo tengo la suerte de haber sido capaz de descubrirla a tiempo.
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