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domingo, 2 de junio de 2013

Besos con mi nombre en la boca equivocada.

Te miré con los labios entreabiertos esperando que los tuyos imitaran a los míos y dijera esas palabras que tanto deseaba poder escuchar, pero ni siquiera cambiaste tu forma de mirar al verme cerrar la puerta de un golpetazo.
Entonces bajé las escaleras y volví a subirlas un mes después, creyendo que quizás aún me estarías esperando tras el cerrojo que nunca llegué a girar del todo.
Pero la llave estaba echada y se escuchaban risas desde el otro lado de la madera desgastada. Y no era la mía, pero sí la tuya con otra que no reconocía.
Escuché que dabais pasos medio bailados hacía la puerta, y volví a saltar por los peldaños antes de que pudierais si quiera saber que os había escuchado.
Y cuando salisteis por la puerta yo no me atrevía a irme todavía, aunque quizás debí haberlo hecho y no ver aquel espectáculo grotesco. No debí haber vuelto pensando que mi llave aún abriría tu cerrojo.
Y tú la besabas con besos que no eran suyos, sino míos, porque habías estado acumulándolos hasta el momento que pudieras dármelos.
Y nunca me los distes. Nunca nos los damos.
Así que ahí estabas, desperdiciando caricias con cualquiera que tuviera escrita la palabra fácil en la frente, porque te habías cansado de leer entre líneas.
Pero no sabías que felicidad no es sinónimo de fácil, ni la cantidad de historias que se esconden en la dificultad, esperando a ser contadas.
Os fuisteis de la mano. Yo me fui llorando, con mis historias escondidas y la llave hecha pedazos.
Qué diferente hubiera sido todo si no te hubieses callado ese ''quédate'' que estaba esperando.
Aunque puede que nunca quisieras que no abriera la puerta.

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