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jueves, 10 de marzo de 2016

Tarde Estrellada

El agua llevaba corriendo ya demasiado tiempo. Se encontraba ensimismada en su reflejo inmóvil. Desnudo, pero aún con algo de ropa. Casi inerte. Decorada en encaje. El reloj marcaba las cinco de la tarde sobre unos azulejos blancos y azules. Decir que el baño era un refugio suena extraño para cualquiera. ¿Por qué alguien querría esconderse allí?
¿Y por qué no?
Entre sus cerámicas paredes se sentía segura, aislada, protegida de la multitud en un espacio impenetrable. Nadie podría molestarla en aquel lugar, completamente en silencio, en plena soledad. Es más, le tranquilizaba, sentía la necesidad de huir y encerrarse en él hasta que todo pasase. Respirar hondo y enfrentarse al mundo de nuevo.
Así pues podemos encontrarla de pie frente al espejo, escrutándose a sí misma y a su pelo moreno dibujando eses sobre sus hombros: haciendo curvilínea su espalda. No sé muy bien qué pasaba por sus ojos, por qué contemplaban de aquella manera tan serena lo que tantas veces habían visto. Pareciese que buscase algo más. Alguien más que allí no estaba.
Deshizo sus encajes despacio: toda la delicadeza del mundo estaba en sus manos. El agua tibia y su piel fría. Oxímoron de una bañera que ahora estaba más llena que ella misma. Se dejó sumergir como si desapareciera en olas cautivas por la porcelana. El tiempo corría pero no le importaba en absoluto, había perdido tantos minutos que unos pocos más le parecían insignificantes. Daba igual, era irrecuperable. No marcarían la diferencia. Era irónicamente justo lo que necesitaba, perder el tiempo para ganarlo. Ganar tiempo derrochándolo bajo sus propios deseos. Controlar, por fin, en qué lo desperdiciaba. Entonces no sería una pérdida.
Se dejó caer tanto que el agua la cubrió por completo. El techo parecía un cuadro de Van Gogh deshecho, se vio más reflejada en él que en el espejo. <<Tarde estrellada>>. Ojalá sonase el teléfono y no todo ese silencio. Quería oír una llamada, salir corriendo. <<Hola, ¿podemos vernos?>>, nada más que eso. Pero, bueno, no era una partitura compuesta para ella. Era la chica que escribía y nunca era escrita. Aquella que esperaba sentada a que leyesen su pensamiento mejor de lo que sabía ella leer al resto. No dar el paso, esconderse en la satisfacción de quedarse quieta y que todo le venga hecho. Enviar un mensaje a la nada como si alguien fuese a escucharlo por arte de magia. Nunca nadie llegaba a leerlo.
Se quedaba sin aire, totalmente asfixiada por sí misma. Ya no había cuadro de Van Gogh, ni refugio líquido, pero sí el mismo silencio. El ruido atronador de estar sin ti oprimiéndole el pecho, y sus ojos perdidos, esta vez, en una pared vacía.
Te buscaba por la calle cada vez que salía. No importaba a quién mirase, siempre esperaba que fueras tú. ¿Cómo? De manera utópica, sabiendo, en el fondo, que jamás serías. Y se arrepentía entonces de haberte platonizado. De haber creído en la falta de interés y al mismo tiempo declararse atea de tu apatía. De haber sentido de lejos, sin decirlo y fingiendo ser hielo. Invierno que se aleja y tiene miedo. No sabe qué hacer y al final no hace nada. Paradójica manera de pedirte que la mires.
Ya no había poesía: el agua tan fría como su piel. Poco a poco haciendo de la bañera una metáfora de lo que sentía. No te has marchado porque nunca te dejó estar. ¿Querías? No te lo pedirá. Se quedará callada, con su boquita rosa cerrada y su cuaderno lleno de hojas escritas que no te entregará, pero eran todas para ti. Esperando a verte en su portal cuando vuelve por las tardes. Y tú siempre tan ausente, nunca en las calles, buscándote sin poder encontrarte. Imaginando que existe la casualidad y dejando en manos del azar el anhelo de volver a mirarte. 
<<Vuelve a frecuentar la Gran Vía los viernes>>
El hormigueó de pensar que podéis encontraros. El enorme precipicio de no hacerlo.
Se acabó el baño. Vuelta al encaje, a la camisa ancha y al pelo alborotado. Una última mirada al espejo. Una sonrisa irónica y cansada: ya va siendo hora de hacer algo.
¿Pero acaso tú también estás esperando?


viernes, 1 de enero de 2016

Gris ceniza.

Cuando era pequeña creía que las personas mayores que no se casaban ni tenían hijos eran unas fracasadas. A veces me sorprende a mí misma darme cuenta de que esa concepción se mantuvo en mis prejuicios más profundos hasta hace pocos años. Me angustiaba, en cierto modo, que aquello también me pasase a mí. Ahora no lo veo algo tan horrible. Es más, opino todo lo contrario.
De ese cambio de perspectiva se han ocupado todas las películas bien o mal llamadas ''realistas'' sobre las parejas adultas. En todas ellas es siempre la misma idea: el amor es muy bonito, sí, pero al principio. Luego ya vienen los problemas y la vida se vuelve amarga y gris. O quizá siempre fue así, pero las películas Disney y demás se encargaron de hacernos creer en un arcoiris al final del camino. Tal cual, pero de manera implícita. ¿Por qué si no el cuento nunca mostraba la vida en pareja? Siempre queda mejor un ''Y vivieron felices y comieron perdices'' que un ''Y acabaron mandando los finales Disney a tomar por culo''.
Pero, analicémoslo en serio. ¿Es que acaso es tan importante el amor? Me parece verdaderamente triste que existan personas incapaces de vivir por sí mismas, de ser felices sin alguien a quien querer. Si es que esa dependencia puede acaso llamarse ''amor'', porque, ¿quieres realmente a esa persona o es tu miedo a estar solo lo que te liga a ella?
Vives por y para escapar de la soledad amorosa y es ese estado continuo de fuga el que no te permite querer bien a nadie, porque solo te quieres a ti mismo. Porque no tienes ni idea de qué es el amor más allá de una americanada barata del amor familiar. De un amor basura que ha acabado por completo con tu individualidad.
A veces parece que se nos olvida que solos llegamos y solos nos morimos, y tampoco es algo tan terrible. Yo no soy una media naranja, me basto yo sola para completarme y no necesito de otra persona. Nadie realmente lo hace. La vida no se reduce a querer ni tampoco se reduce a estar solo. Es evidente que habrá momentos en los que tendremos a alguien y otros en los que no, pero no se puede vivir aferrándose a los demás por miedo a esos instantes de soledad ficticia, porque nunca es soledad, porque el cariño no solamente se nos manifiesta de manera romántica.
No me estoy refiriendo a una soledad en mayúsculas, a una soledad real de verdaderamente no tener absolutamente a nadie y encontrarte a ti mismo, solo, en un apartamento y sin ninguna persona a la que llamar. Me estoy refiriendo a ese vacío que se nos dice que es tal, pero en realidad no es. Al vacío de pensar que no podemos ser felices sin enamorarnos o sin que se enamoren de nosotros, porque de ninguna manera es así. Creo que la vida es algo más. Y sé con seguridad que para poder querer bien primero hay que quererse a uno mismo, reafirmarse y comprender que el amor es saber estar solo. Porque después, cuando tú llegues, tendré la certeza de decir que si quieres marcharte puedes hacerlo, que no me perteneces y que la vida sigue pero que es maravilloso ser libre contigo. Sin ataduras ni contratos. Sin mantenerme a tu lado con el único pretexto de una cama vacía si te dejo ir.
Ese es el amor en el que yo creo, el amor que no es mezcla, sino suma. Aquel en el que tú y yo somos, pero no dejamos de ser tú y yo.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Incongruente.

No recuerdo si llovía. Hubiera quedado más bonito, ¿no? que hubiese llovido. Mirando por la ventana llena de gotitas un patio vacío y turbio, quizá. No estabas allí aquella tarde. Ni la anterior, ni el día de después. No estuviste durante mucho tiempo porque yo así lo quise. Me equivoqué, puede, pero con razón. A lo mejor si hubiese sabido leerte, me hubieses dado una sorpresa. O no, qué se yo.
Estuve a punto de decirte a ti. Me sentía tan sola. Un poco estúpida también. ¿Quién me creía para sentir algo? No era lo correcto, era inocente. No podía cambiarte, aunque en el fondo no es lo que quería. Yo quería ser la excepción de la norma que construía tus barreras. Quería correr las cortinas de tu cuarto para que vieras el cielo nublado. Quería conocer tu cuarto. Quería andar contigo de aquí a allá y que me cogieses de la mano sin mirar porque sabias que lo estaba esperando. Que me mirases. Ante todo, quería que me mirases, pero siempre me encontraba a mí misma mirándote a ti. Quería que lloviese y estar contigo debajo. Ahora lo sé.
En aquel momento no sabía lo que quería. Me dejaba guiar por la curiosidad de saber qué era estar con alguien. Y me equivoqué, porque tú seguías estando ahí. Siempre ahí, aunque lo negase.
Quizá la noche para ti siguió siendo noche, y el tiempo caminaba a su paso lento, incesante. Quizá para ti no hubo ningún daño colateral, ni un pensamiento que llevase mi perfume. Quizá para ti ya no existan esos días. No te culpo. No hay culpa.
Nunca supe qué querías tú. Eres tan ambiguo. Pretendes ser claro y sin embargo me siento más confusa que nunca. Finjo estar más confusa que nunca. Porque me aterroriza saber que la respuesta sea tan simple, que no encierre nada dentro.
No hay final feliz. No hay nada más allá de lo que dices. No quiero darme cuenta de ello.
Quiero escuchar  ''quiero verte'' de tus labios. Yo no me atrevo a decirlo.
Porque me da un miedo atroz romper la paciencia y no poder volverte a mirar todas esas veces que tú no reparas en mí.
Todas esas veces que, ahora, incongruente, echo de menos.

lunes, 2 de noviembre de 2015

La ficticia historial real de una tarde que no existe.

Llovía. No hacía frío, pero casi. Era de las primeras veces que salía sola. Una mujer caminaba demasiado deprisa. Un hombre daba tumbos absorto en su teléfono móvil. Personas que venían, personas que pasaban. Ninguna eras tú.
Si fumase, la espera se le haría más fácil. Pero no. No había cigarrillo que camuflase su aspecto solitario, extraño, distraído. Parecía como si el tabaco hiciese de la tristeza algo más que melancolía. Algo más que una desquiciada mirando al suelo y fijando, a veces, su vista en cualquiera que saliese del metro. Buscando, pero encontrando nada.
No eras tú ese chico moreno. No eras tú ese otro con gabardina. Por supuesto, tampoco eras aquel que, de pasada, llevaba tu perfume. No eras, no estabas, no aparecías.
Sin embargo llevaba ya una hora ahí parada. ¿No hacía frío? Pues ahora sí que lo hacía. Hacía mucho frío. El invierno se había colado de golpe. Se estaba helando y tú no eras capaz de llegar. Quizá tu tiempo era de alguien y ella aún no lo sabía. Pobrecita. Nada le hubiese hecho dejar su rinconcito de paciencia, por mucho que lloviese o se le congelase el estómago. Daba igual la cantidad de espejismos que de ti viese. No le importaba confundir tu ropa, tu pelo, tu manera de andar. No diré tus ojos, porque le resultaban inconfundibles, ni tu voz, porque era el terremoto que acechaba sus piernas. Te confundía porque solo quería verte, pero nunca aparecías. Como las estrellas de Madrid en un cielo de mierda. Están, pero no salen. Estás, pero no llegas.
Ya no llueve. Hace frío todavía. Era la primera vez que salía sola, y empezaba a estar harta de no tener acompañante. Una mujer abrazaba a otra a la salida del metro. Un hombre leía un libro apoyado en la pared.
Eras ese chico despeinado. La chica a la que agarras de la mano no quiero saber quién es. Me desgarra. Le desgarra.
Ella tampoco lo quería saber. No deja de mirarte. Le duele sentir decepción. Tú no sabes que está ahí. Nunca sabrás que estuvo ahí todo ese rato. Se ha marchado.
Ves su espalda y quieres decir su nombre. No sirve de nada. Era necesario algo más que las palabras.
Se aleja. Te alejas. La chica se aleja contigo. No hay nada que decir. Ha empezado a llover otra vez. Pero tú no te das cuenta de nada.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Ojalá seas tú.

A veces el viento mueve tu pelo y acaricia tus mejillas. A veces lo hace de una manera tan única que te hace sentir viva.
Las hojas vuelan una tras otra dibujando círculos en el aire, como la bolsa de American Beauty. Y tú sólo puedes preguntarte si el mundo es realmente tan pequeño como pensamos, o si somos nosotros los inmensos.
No lo creo.
Creo que este lugar no está hecho para nosotros. No sabemos a dónde ir. No importa a dónde mires, nunca conocerás todas sus esquinas. Nunca deshilarás todos los hilos que nos unen al resto. Nunca vivirás como ahora otra vez.
Estamos todos igual de perdidos. Yo no sé disimularlo. Tú te escondes cada día en unos brazos distintos, y a mí sólo me sale buscar los míos. No es egocentrismo, es daño. Igual que el tuyo.
No tenemos mapa que nos saque de aquí. Tampoco es que quiera hacerlo. Se está mejor en silencio. Mirando las hojas bailar, diciendo que a veces el viento. Haciéndome pensar que ojalá tú no seas tan nocivo como yo. Que ojalá me perdones el tiempo que podría haber parado contigo.
Que ojalá seas tú el que me haga sentir libre de nuevo.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

A aquel que por primera vez escribo.

Existen personas que son estrellas fugaces. Queda cursi decirlo así, pero es como yo lo veo. Las conoces en un determinado punto de sus vidas en el que son maravillosas, más bien únicas. No puedes evitar pensar que te gustaría conservarlas para siempre, porque sabes que aparecen muy pocas veces.
Te das cuenta de que son capaces de observar cualquier mínimo detalle. Acarician tus manos como si fuesen de porcelana y te miran, cuando tú no te das cuenta, ensimismadas. Tienen el superpoder de leer a través de tus pupilas: nada puede ocultarse ahí. Para recitarte, al segundo, todo lo que de ti no sabías.
Apoyan su barbilla sobre tu pelo y te dejan resguardarte del frío en sus cosquillas. Te cogen en volandas para soltarte a cinco pasos de distancia, sólo para hacerte reír. Y agarran tu mano, despacio, cuando tú no te atreves a hacerlo.
Son personas así, etéreas, que te hacen sentir mariposas de nuevo. Tan intensas, como efímeras. Tan bonitas, como inalcanzables.
Estrellas fugaces que ves menos veces de las que deberías.

jueves, 17 de septiembre de 2015

L'Après-midi

A ella le gustaba mirar a sus pies cuando caminaba. Por ahí suelen decir que eso es un síntoma de huida. En su caso simplemente era afán de observar el suelo. Le parecía demasiado aburrido mirar al frente, era más curioso fijarse en cómo las baldosas se alejaban, hipnóticas, con un ligero movimiento.
Siempre bajaba el último escalón de un salto, porque quería sentir de nuevo ese hormigueo infantil en el estómago. El mismo que se siente al tirarse por un tobogán cuando se tiene cinco años. Y corría, agónica, cada vez que tenía que coger el metro. Aunque nunca llegase tarde.
Su pelo, castaño. Sus ojos, marrones. Cada día se pintaba los labios de un color diferente, pero rara vez cambiaba su perfume.
Tenía la estúpida manía de dejarse siempre la pasta de dientes destapada, y su cuarto hecho un desastre. El orden no era una de sus prioridades. Tampoco lo era sentarse y permanecer quieta. Eterno movimiento.
Ella no era como tú. Tampoco era como yo. Ni se diferenciaba especialmente del resto. Pero era ella.
Era sus miedos e inseguridades, sus gustos de excéntrica. Sus desquicies y sus manías.
Y ni tú,
ni yo
podremos llegar jamás
a comprenderla.