Son las dos de la mañana y escucho tu nombre y tiemblo aunque lo haya dicho yo, como en un susurro tímido y agónico frente al espejo, como alguien que acaba de descubrir al culpable de un crimen por error.
Y se me enfrían el estómago y los brazos, haciendo competencia a mis manos.
Son las dos y media y tiemblo, hasta que se estremece conmigo mi cama. Hasta que yo misma podría haber sido el epicentro de un terremoto en pleno Madrid.
Hasta que a las tres decido escribir con letra inestable y un lápiz que baila entre mis dedos.
Y se me olvida progresivamente que hoy he vuelto a decir tu nombre de forma consciente, y que hoy he vuelto a aquellos días en los que el Atlántico estaba en mis ojos y no contigo.
Y de pronto calma.
De pronto ya no hay terremotos ni epicentros. Ni olas en mis océanos.
De pronto me quedo dormida sin querer y te veo.
Te vuelvo a ver.
Y me doy cuenta de que el verdadero seísmo eres tú, y de que ojalá podamos provocar maremotos juntos de nuevo.
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viernes, 11 de julio de 2014
domingo, 6 de julio de 2014
La toxicidad de las personas.
Hoy te vi. Estabas en esa cafetería que tanto te gustaba, sentado junto a la ventana y tomándote un café. Yo me quedé un rato mirándote desde fuera, parada en mitad de la calle, temiendo que me vieses y queriendo que lo hicieses al mismo tiempo.
Vi cómo leías un libro y abrazabas una taza, totalmente absorto a todo lo que pasaba a tu alrededor: a la gente que se levantaba, a la gente que se marchaba, a la gente que venía y a la gente que, como yo, te miraba esperando que les mirases tú de vuelta.
Conservabas también esa manía de darle dos vueltas al café antes de tomártelo, dejándolo sobre tus labios lo suficiente como para hartarte de amargura. Estabas tan diferente que no habías cambiado en nada, por mucho que te dejases crecer el pelo seguías siendo un crío. Los dos seguíamos siéndolo.
Entonces alguien se chocó conmigo y me gruñó que me apartase. Y tú levantaste la vista, como si los cristales no fueran una barrera del sonido y me hubieses escuchado ensimismarme contigo.
Y te quedaste ahí. Mirándome desde el otro lado del cristal. Mirándote desde el otro lado del cristal. Y los segundos se hicieron tan eternos en tus dos pozos negros, que me dio tiempo a recordar que es más tóxico tenerte cerca que al otro lado de una ventana.
Así que no dije nada y me fui, como el resto de veces que te has topado en mi vida. Porque sólo yéndome sabes tenerme, y sólo teniéndome haces que me vaya.
Por mucho que me cueste conformarme con mirarte de lejos.
Vi cómo leías un libro y abrazabas una taza, totalmente absorto a todo lo que pasaba a tu alrededor: a la gente que se levantaba, a la gente que se marchaba, a la gente que venía y a la gente que, como yo, te miraba esperando que les mirases tú de vuelta.
Conservabas también esa manía de darle dos vueltas al café antes de tomártelo, dejándolo sobre tus labios lo suficiente como para hartarte de amargura. Estabas tan diferente que no habías cambiado en nada, por mucho que te dejases crecer el pelo seguías siendo un crío. Los dos seguíamos siéndolo.
Entonces alguien se chocó conmigo y me gruñó que me apartase. Y tú levantaste la vista, como si los cristales no fueran una barrera del sonido y me hubieses escuchado ensimismarme contigo.
Y te quedaste ahí. Mirándome desde el otro lado del cristal. Mirándote desde el otro lado del cristal. Y los segundos se hicieron tan eternos en tus dos pozos negros, que me dio tiempo a recordar que es más tóxico tenerte cerca que al otro lado de una ventana.
Así que no dije nada y me fui, como el resto de veces que te has topado en mi vida. Porque sólo yéndome sabes tenerme, y sólo teniéndome haces que me vaya.
Por mucho que me cueste conformarme con mirarte de lejos.
viernes, 27 de junio de 2014
La artesana de planetas.
Me dijeron hace tiempo ''Eres una crédula, sal del nido de una vez'' y nunca les hice caso. Me daba miedo no ser inofensiva y acabar destrozando al resto. No quería ser un mal recuerdo, jamás quise serlo. Así que fui de un lado a otro sin hacer daño a nadie, porque creía que era la única manera de hacer lo correcto.
Y sí, era lo correcto.
Pero no para mí.
Pasar por el mundo sin causar destrozos, protegiendo a todos en paños de algodón, recomponiendo pedacitos de puzzles que no eran míos, sólo ha servido para acabar devastada por lo que yo sola protegía de sus miedos.
Porque de tanto proclamar el pacifismo me olvidé de ponerme a cubierto de todas aquellas personas que se mueven por el daño. Del mundo entero que acabó demostrándome que ser inofensivo es el primer paso para volverse completamente destructivo (no necesariamente con otros).
De ti, que enredaste mis esquemas hasta convertirlos en el nudo que se forma en mi estómago cada vez que veo una fotografía tuya.
De él, que simplemente era él y no supe verlo. De él.
Así que ahora, que ya es demasiado tarde y no tengo donde resguardarme de mis monstruos, es cuando de verdad me doy cuenta de lo admirable que es no dejarse corromper por una realidad llena de gente vacía y de corazones tan rotos que rompen al resto. Y de lo mucho que me está costando mantenerme cuerda después tanto reparar planetas ajenos, para ver cómo ellos mismos acaban por estropearme a mí.
Me dijeron hace tiempo ''Eres una crédula, sal del nido de una vez'', pero no se dieron cuenta de que lo complicado es quedarse dentro, sin dejar que nadie nos empuje a un mundo de desilusiones con la simple fuerza de una promesa a medias.
Y sí, era lo correcto.
Pero no para mí.
Pasar por el mundo sin causar destrozos, protegiendo a todos en paños de algodón, recomponiendo pedacitos de puzzles que no eran míos, sólo ha servido para acabar devastada por lo que yo sola protegía de sus miedos.
Porque de tanto proclamar el pacifismo me olvidé de ponerme a cubierto de todas aquellas personas que se mueven por el daño. Del mundo entero que acabó demostrándome que ser inofensivo es el primer paso para volverse completamente destructivo (no necesariamente con otros).
De ti, que enredaste mis esquemas hasta convertirlos en el nudo que se forma en mi estómago cada vez que veo una fotografía tuya.
De él, que simplemente era él y no supe verlo. De él.
Así que ahora, que ya es demasiado tarde y no tengo donde resguardarme de mis monstruos, es cuando de verdad me doy cuenta de lo admirable que es no dejarse corromper por una realidad llena de gente vacía y de corazones tan rotos que rompen al resto. Y de lo mucho que me está costando mantenerme cuerda después tanto reparar planetas ajenos, para ver cómo ellos mismos acaban por estropearme a mí.
Me dijeron hace tiempo ''Eres una crédula, sal del nido de una vez'', pero no se dieron cuenta de que lo complicado es quedarse dentro, sin dejar que nadie nos empuje a un mundo de desilusiones con la simple fuerza de una promesa a medias.
domingo, 15 de junio de 2014
Desconocerte.
He dejado de buscarte para
ver si así te encontraba,
porque sólo
con la memoria vacía
se puede caminar a tientas
y a tiendas dar contigo
mientras digo
que ha pasado tanto tiempo
que ya
no me acordaba
de ti.
Te preguntaría entonces
por tu vida
(que ya no es mía)
por los meses en los que
no estaba
(que fueron tantos)
y por el hueco de tu pecho
(que espero siga estando desocupado)
para ver si de pregunta
a pregunta estúpida
llegamos al epicentro
de este tornado
y me invitas a tomar algo
como solíamos hacer antes
de que tuviera
que olvidarte.
Cómo si de verdad fuera posible
quitarle a la primavera sus flores
y deshacer después todas tus fotografías.
ver si así te encontraba,
porque sólo
con la memoria vacía
se puede caminar a tientas
y a tiendas dar contigo
mientras digo
que ha pasado tanto tiempo
que ya
no me acordaba
de ti.
Te preguntaría entonces
por tu vida
(que ya no es mía)
por los meses en los que
no estaba
(que fueron tantos)
y por el hueco de tu pecho
(que espero siga estando desocupado)
para ver si de pregunta
a pregunta estúpida
llegamos al epicentro
de este tornado
y me invitas a tomar algo
como solíamos hacer antes
de que tuviera
que olvidarte.
Cómo si de verdad fuera posible
quitarle a la primavera sus flores
y deshacer después todas tus fotografías.
martes, 10 de junio de 2014
La tumba de las mariposas.
Me dijeron una vez que había que saber respetarse a uno mismo. Y no se equivocaban, pero es más fácil decirlo que llevarlo a cabo. Yo nunca supe cómo hacerlo.
Sin embargo ella era distinta.
A ella no le costaba reírse tanto como a mí, le salía sólo. Yo, en cambio, tenía demasiado control sobre mi risa y no podía evitar reprimirla en una mueca.
Cada día ella caminaba las calles en total simetría con su cuerpo. Como las olas que bailan un océano. Acariciaba con sus piernas las aceras y ni siquiera le vacilaba la mirada, siempre al frente. Envidiaba que sus caderas tuvieran curvas sólo porque ella quería que así fuera.
Yo, en cambio, no me atrevía a caminar del todo. Miraba siempre al suelo, según decía la gente, como síntoma de mis ansias de escaparme lejos. Yo no acariciaba las aceras, yo hacía todo lo posible por no pisarlas.
Además, todas las noches, antes de ducharse se miraba en el espejo. Se quitaba la ropa y sonreía ladeadamente, de manera tímida y semidesnuda, admirando sus propias piernas, sus propias clavículas, su propio culo, su propia espalda. Su propio todo. Su propio cuerpo.
Su propia ella.
Se miraba en el espejo y era capaz de verse a sí misma, de ver su alma.
Yo no podía hacer eso. Sabía que era incapaz, porque una vez traté de hacerlo. Me quedé mirándome casi sin ropa y llegué a la conclusión de que no me gustaban mis piernas, porque no tenían forma. Eran demasiado delgadas. Tampoco me gustaba el resto, por la misma razón.
No me veía a mí misma, veía un cuerpo que no aceptaba como propio. Una base que quizá podría llegar a ser perfecta, pero que no lo era. Así que yo, en cambio, no sonreía al verme en ropa interior, ni siquiera lloraba. Más bien me sentía impotente.
Y es que ella, con su caminar acompasado, su inenjaulable risa, su alta autoestima, estaba totalmente fusionada con la estructura marmórea que la mantenía en pie.
Estaba enamorada de sus lunares, de sus costillas, de su voz demasiado aguda y de su pelo despeinado cada mañana.
Estaba enamorada de sí misma, y precisamente por eso no necesitaba a nadie. Era libre, independiente. Un pilar indestructible capaz de sobrevivir años a base de mirarse en un espejo.
Eso me hacía cuestionarme de qué manera una persona se respeta a sí misma.
Ella se quería, pero no era capaz de querer a nadie más. Se había vuelto demasiado independiente. Gritaba a los cuatro vientos que era libre, que no le pertenecía a ninguna otra persona, pero en el fondo estaba desesperada. En el fondo, se sentía una máquina incapaz de anidar mariposas.
Dejaba que su risa brotase por sí sola, porque en realidad era fingida.
Estaba vacía.
Apática.
Y lo peor de todo era que no existía persona capaz de perderse físicamente en sus curvas.
Era inaccesible precisamente porque estaba insensibilizada y eso la consumía por dentro.
Sin embargo, yo nunca supe cómo quererme. No sabía ser uno con mi cuerpo y eso se notaba. Siempre andaba sacándome defectos, criticándome a mí misma.
En el fondo, porque encerraba demasiados sentimientos dentro y temía no encontrar a nadie que los quisiese. Era una bomba de relojería, un cañón cargado de pólvora. Un cúmulo de dramatismo a punto de explotar si alguien no lo sofocaba antes.
Así que, cuando aquella vez me dijeron que había que saber respetarse a uno mismo, pensé que quizá eso significaba enamorarse de cada recoveco propio, y dejarse sentir hasta los topes por aquellos que sepan ver esos mismos escondites.
Más tarde acabé dándome cuenta de que es precisamente ese sentir descontrolado lo que nos lleva a quedarnos totalmente vacíos.
Porque una vez que te arrebatan todo aquello que te hace sentir vivo, sólo te quedas tú mismo y los recuerdos que conservas dentro.
Quizá por eso ella se quería tanto, porque era lo único que le quedaba de todas las cosas que había perdido.
Sin embargo ella era distinta.
A ella no le costaba reírse tanto como a mí, le salía sólo. Yo, en cambio, tenía demasiado control sobre mi risa y no podía evitar reprimirla en una mueca.
Cada día ella caminaba las calles en total simetría con su cuerpo. Como las olas que bailan un océano. Acariciaba con sus piernas las aceras y ni siquiera le vacilaba la mirada, siempre al frente. Envidiaba que sus caderas tuvieran curvas sólo porque ella quería que así fuera.
Yo, en cambio, no me atrevía a caminar del todo. Miraba siempre al suelo, según decía la gente, como síntoma de mis ansias de escaparme lejos. Yo no acariciaba las aceras, yo hacía todo lo posible por no pisarlas.
Además, todas las noches, antes de ducharse se miraba en el espejo. Se quitaba la ropa y sonreía ladeadamente, de manera tímida y semidesnuda, admirando sus propias piernas, sus propias clavículas, su propio culo, su propia espalda. Su propio todo. Su propio cuerpo.
Su propia ella.
Se miraba en el espejo y era capaz de verse a sí misma, de ver su alma.
Yo no podía hacer eso. Sabía que era incapaz, porque una vez traté de hacerlo. Me quedé mirándome casi sin ropa y llegué a la conclusión de que no me gustaban mis piernas, porque no tenían forma. Eran demasiado delgadas. Tampoco me gustaba el resto, por la misma razón.
No me veía a mí misma, veía un cuerpo que no aceptaba como propio. Una base que quizá podría llegar a ser perfecta, pero que no lo era. Así que yo, en cambio, no sonreía al verme en ropa interior, ni siquiera lloraba. Más bien me sentía impotente.
Y es que ella, con su caminar acompasado, su inenjaulable risa, su alta autoestima, estaba totalmente fusionada con la estructura marmórea que la mantenía en pie.
Estaba enamorada de sus lunares, de sus costillas, de su voz demasiado aguda y de su pelo despeinado cada mañana.
Estaba enamorada de sí misma, y precisamente por eso no necesitaba a nadie. Era libre, independiente. Un pilar indestructible capaz de sobrevivir años a base de mirarse en un espejo.
Eso me hacía cuestionarme de qué manera una persona se respeta a sí misma.
Ella se quería, pero no era capaz de querer a nadie más. Se había vuelto demasiado independiente. Gritaba a los cuatro vientos que era libre, que no le pertenecía a ninguna otra persona, pero en el fondo estaba desesperada. En el fondo, se sentía una máquina incapaz de anidar mariposas.
Dejaba que su risa brotase por sí sola, porque en realidad era fingida.
Estaba vacía.
Apática.
Y lo peor de todo era que no existía persona capaz de perderse físicamente en sus curvas.
Era inaccesible precisamente porque estaba insensibilizada y eso la consumía por dentro.
Sin embargo, yo nunca supe cómo quererme. No sabía ser uno con mi cuerpo y eso se notaba. Siempre andaba sacándome defectos, criticándome a mí misma.
En el fondo, porque encerraba demasiados sentimientos dentro y temía no encontrar a nadie que los quisiese. Era una bomba de relojería, un cañón cargado de pólvora. Un cúmulo de dramatismo a punto de explotar si alguien no lo sofocaba antes.
Así que, cuando aquella vez me dijeron que había que saber respetarse a uno mismo, pensé que quizá eso significaba enamorarse de cada recoveco propio, y dejarse sentir hasta los topes por aquellos que sepan ver esos mismos escondites.
Más tarde acabé dándome cuenta de que es precisamente ese sentir descontrolado lo que nos lleva a quedarnos totalmente vacíos.
Porque una vez que te arrebatan todo aquello que te hace sentir vivo, sólo te quedas tú mismo y los recuerdos que conservas dentro.
Quizá por eso ella se quería tanto, porque era lo único que le quedaba de todas las cosas que había perdido.
sábado, 7 de junio de 2014
En contraste.
Quiero
que recorras
con un kamikaze
exceso de velocidad
las carreras de mis medias
y que te pierdas
entre mis piernas
mientras yo me pierdo
por cada hueco de Madrid
que me recuerda
a cuando aún
estabas
aquí.
que recorras
con un kamikaze
exceso de velocidad
las carreras de mis medias
y que te pierdas
entre mis piernas
mientras yo me pierdo
por cada hueco de Madrid
que me recuerda
a cuando aún
estabas
aquí.
martes, 27 de mayo de 2014
La quimera de los mapas.
Lo único que quedaba de aquella casa era una puerta de madera. A veces, cuando volvía y salía por ella, cerraba los ojos sin darme cuenta, y un hormigueo recorría mi estómago. Parecía que por un momento volviese a tener diez años.
Otras veces, cuando no podía dormir, me imaginaba milímetro a milímetro cada rincón de esa casa que, ahora, ya no existía o había sido remodelado.
Me imaginaba, primero, en su habitación. E instantáneamente me venía siempre a la memoria la tranquilidad de un cuarto iluminado, únicamente, por una lamparita. Recordaba también con demasiada vividez el sonido de su camisón rozando las sábanas, y el ruido de los coches a lo lejos, tan amortiguados por la altura del piso y el cristal de la ventana, que sus ruedas parecían océanos.
Después, atravesaba el pasillo y echaba un vistazo a la habitación que antes era de mi madre y que acabó siendo mía (tristemente, por poco tiempo), y a la que en su día fue de mi tía, hasta llegar al salón.
Recuerdo perfectamente un mueble lleno de fotografías, todas ellas custodiadas por dos figuritas de porcelana, regalo de vete tú a saber quién. Podían verse también allí dos sofás verdes, que hacía muchos años fueron naranjas, con dos reposabrazos de madera. Contrastaba saber que, si no se tenía cuidado, eran capaces de dejar moratones.
Por otro lado, si se alzaba la vista, detrás de uno ellos residía un tapiz enorme. Tan enorme que siempre tenía miedo de morir aplastada por él si se llegase a caer.
Siguiendo la dirección marcada por el gastado gotelé de la pared, tras el otro sofá, se encontraba la ventana que daba a la terraza. Una terraza cerrada llena de plantas que yo adoraba regar.
Muchos años atrás, tantos años que yo debía de ser muy pequeña, vivía en ese modesto invernadero un oso de peluche gigante. Le faltaba un ojo, pero a mí me gustaba de todas formas. Quizá, ahora que soy más alta, él fuese más bajito.
Volviendo al mueble repleto de fotos, podía verse al lado una puerta que daba a un comedor. Ese comedor era especial, más que porque allí fuese donde comíamos paella los sábados (y es triste, porque no recuerdo si eran los sábados o los domingos), porque en esa misma mesa hacía yo los deberes. Era una mesa peculiar, porque estaba demasiado barnizada y brillaba excesivamente para ser de madera, pero por eso me gustaba acariciarla.
Finalmente, para terminar el paseo, volvía a salir al salón y me dirigía a la cocina, que estaba (y está) justo al lado de la entrada, donde había un gran armario y una mesa cuyos cajones eran todo un misterio para mí (nunca sabías qué podías encontrar ahí dentro).
La cocina es, sin embargo, la única parte de la casa que quizá se parece un poco a como era antes. Y digo ''un poco'' porque el único parecido son las baldosas del suelo y de la pared, que siguen siendo las mismas.
Podría seguir enumerando recovecos como el de los armarios del salón, el hueco de la cocina donde estaba el pan, la salita de ''ordenadores'' (lo máximo que puede llegar a ser un ordenador en el año 2000) donde guardaba mis juguetes, o los dos baños donde le cotilleaba sus perfumes y pintalabios. Pero no serviría absolutamente de nada, porque hacer memoria es simplemente hacer mapas. Y los mapas representan la realidad, pero no son capaces de crearla.
Es curioso cómo a veces vuelvo allí y no me doy cuenta de dónde estoy, porque está totalmente cambiada. Cómo al irse una persona, vemos la necesidad de desbaratarlo todo en un intento de poder fingir que ella nunca estuvo allí. La necesidad de abrir los cajones y vaciarlos por completo, de meter en cajas lo que años atrás no llegó a caber en un sólo armario, de romper cada mueble que aún lleve su olor con tal de fingir que esa no era su marca de perfume favorita. La necesidad de romper todas las fotografías o de quemarlas en el fregadero, la necesidad de no regresar jamás a ese determinado lugar que hubieras querido guardar en una botella de cristal para siempre, como los barcos.
La necesidad de borrar todas sus costumbres que con el tiempo se te acabaron pegando.
La incoherente necesidad de deshacerte de todo aquello que el fondo quieres quedarte.
No se pueden borrar los recuerdos, es por eso que, quizá, realmente no morimos hasta que muere la última persona que sepa nuestro nombre. Y es por eso que, quizá, estamos tan obsesionados con hacer algo que nos haga inmortales, inolvidables, algo que grabe a fuego nuestro nombre en las páginas de un libro, que no nos damos cuenta de que, en realidad, nuestro nombre debería estar grabado en la piel de otras personas.
Deberíamos intentar quedarnos con cualquier mínimo detalle que nos permita sentir que él o ella aún siguen aquí aunque ya se hayan ido: unas gafas de sol, un collar, su fotografía favorita o la última carta que nos envió.
Deberíamos hacer todo lo posible por mantener vivos al resto, porque nunca puedes saber si el único recuerdo que va a quedarte de alguien es una simple puerta de madera de una casa que ya ni siquiera es tuya.
Otras veces, cuando no podía dormir, me imaginaba milímetro a milímetro cada rincón de esa casa que, ahora, ya no existía o había sido remodelado.
Me imaginaba, primero, en su habitación. E instantáneamente me venía siempre a la memoria la tranquilidad de un cuarto iluminado, únicamente, por una lamparita. Recordaba también con demasiada vividez el sonido de su camisón rozando las sábanas, y el ruido de los coches a lo lejos, tan amortiguados por la altura del piso y el cristal de la ventana, que sus ruedas parecían océanos.
Después, atravesaba el pasillo y echaba un vistazo a la habitación que antes era de mi madre y que acabó siendo mía (tristemente, por poco tiempo), y a la que en su día fue de mi tía, hasta llegar al salón.
Recuerdo perfectamente un mueble lleno de fotografías, todas ellas custodiadas por dos figuritas de porcelana, regalo de vete tú a saber quién. Podían verse también allí dos sofás verdes, que hacía muchos años fueron naranjas, con dos reposabrazos de madera. Contrastaba saber que, si no se tenía cuidado, eran capaces de dejar moratones.
Por otro lado, si se alzaba la vista, detrás de uno ellos residía un tapiz enorme. Tan enorme que siempre tenía miedo de morir aplastada por él si se llegase a caer.
Siguiendo la dirección marcada por el gastado gotelé de la pared, tras el otro sofá, se encontraba la ventana que daba a la terraza. Una terraza cerrada llena de plantas que yo adoraba regar.
Muchos años atrás, tantos años que yo debía de ser muy pequeña, vivía en ese modesto invernadero un oso de peluche gigante. Le faltaba un ojo, pero a mí me gustaba de todas formas. Quizá, ahora que soy más alta, él fuese más bajito.
Volviendo al mueble repleto de fotos, podía verse al lado una puerta que daba a un comedor. Ese comedor era especial, más que porque allí fuese donde comíamos paella los sábados (y es triste, porque no recuerdo si eran los sábados o los domingos), porque en esa misma mesa hacía yo los deberes. Era una mesa peculiar, porque estaba demasiado barnizada y brillaba excesivamente para ser de madera, pero por eso me gustaba acariciarla.
Finalmente, para terminar el paseo, volvía a salir al salón y me dirigía a la cocina, que estaba (y está) justo al lado de la entrada, donde había un gran armario y una mesa cuyos cajones eran todo un misterio para mí (nunca sabías qué podías encontrar ahí dentro).
La cocina es, sin embargo, la única parte de la casa que quizá se parece un poco a como era antes. Y digo ''un poco'' porque el único parecido son las baldosas del suelo y de la pared, que siguen siendo las mismas.
Podría seguir enumerando recovecos como el de los armarios del salón, el hueco de la cocina donde estaba el pan, la salita de ''ordenadores'' (lo máximo que puede llegar a ser un ordenador en el año 2000) donde guardaba mis juguetes, o los dos baños donde le cotilleaba sus perfumes y pintalabios. Pero no serviría absolutamente de nada, porque hacer memoria es simplemente hacer mapas. Y los mapas representan la realidad, pero no son capaces de crearla.
Es curioso cómo a veces vuelvo allí y no me doy cuenta de dónde estoy, porque está totalmente cambiada. Cómo al irse una persona, vemos la necesidad de desbaratarlo todo en un intento de poder fingir que ella nunca estuvo allí. La necesidad de abrir los cajones y vaciarlos por completo, de meter en cajas lo que años atrás no llegó a caber en un sólo armario, de romper cada mueble que aún lleve su olor con tal de fingir que esa no era su marca de perfume favorita. La necesidad de romper todas las fotografías o de quemarlas en el fregadero, la necesidad de no regresar jamás a ese determinado lugar que hubieras querido guardar en una botella de cristal para siempre, como los barcos.
La necesidad de borrar todas sus costumbres que con el tiempo se te acabaron pegando.
La incoherente necesidad de deshacerte de todo aquello que el fondo quieres quedarte.
No se pueden borrar los recuerdos, es por eso que, quizá, realmente no morimos hasta que muere la última persona que sepa nuestro nombre. Y es por eso que, quizá, estamos tan obsesionados con hacer algo que nos haga inmortales, inolvidables, algo que grabe a fuego nuestro nombre en las páginas de un libro, que no nos damos cuenta de que, en realidad, nuestro nombre debería estar grabado en la piel de otras personas.
Deberíamos intentar quedarnos con cualquier mínimo detalle que nos permita sentir que él o ella aún siguen aquí aunque ya se hayan ido: unas gafas de sol, un collar, su fotografía favorita o la última carta que nos envió.
Deberíamos hacer todo lo posible por mantener vivos al resto, porque nunca puedes saber si el único recuerdo que va a quedarte de alguien es una simple puerta de madera de una casa que ya ni siquiera es tuya.
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