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domingo, 1 de septiembre de 2013

Un Sahara en el pecho.

Oh, vaya, cuánto tiempo sin verte. Sí, a ti. A ti que me lees sin decir nada, en silencio y callando las palabras que me escribes o las sonrisas que te causo. (O te causaba).
Llevo muchas noches queriendo decirte esto, queriendo explicarte algo que hasta ahora, para mí no tenía nombre. Algo etéreo, como un sentimiento, o más bien como el miedo. 
<<Miedo... ¿de qué?>> dices.
<<Pues miedo. Miedo, sin más>> te respondo.
Miedo, como cuando apagabas la luz e imaginabas de pequeño monstruos debajo de la cama. Miedo, el miedo es simplemente eso.
Cómo explicarte a ti, la viva imagen de la entereza, que no supe dejarte atrás porque me temblaban las piernas con solo pensar que si te ibas me quedaba vacía.
Cómo.
Si cada vez que me giraba a mi espalda quedaba un hueco demasiado frío para rellenar con sábanas o mantas. Si llamaban al teléfono y el mundo se me echaba encima al darme cuenta de que no era tu voz la que respondía a mis <<¿Diga?>>; y me faltaba tiempo para correr a cogerlo, aún creyendo que eras tú el que me buscaba tras una línea telefónica. Si cada vez que tomaba aire me seguía faltando, y cada vez que te miraba sentía mariposas en el estómago, pero mariposas que hacían daño.
Cómo. Dime cómo.
Si ahora que me he quedado vacía y me he acostumbrado a despertar cada mañana sin tus <<buenos días>>, ya no siento nada.
Nada excepto miedo.
Y precisamente eso quería decirte, que sigo teniendo miedo, pero que esta vez mis temores no empiezan con la primera letra de tu nombre.

sábado, 24 de agosto de 2013

El silencio y el reloj de pared.

Párate. Por un segundo. Entonces mira a tu alrededor. Las cosas que tienes, la posición en la que estás sentado. Las personas que rondan por tu cabeza en este mismo instante.
Hace un año, jamás hubieras pensado cuánto habría cambiado tu vida en cuestión de meses. Nunca hubieras logrado imaginar el número de veces que has tenido que morir para darte cuenta de que estás vivo, pero de una forma diferente.
El tiempo pasa, vuela, se escapa entre tus dedos y no vuelve a ti cuando le llamas. Arrasa con su paso con todo lo que tienes, y no te da un respiro para darte cuenta de lo que has hecho, hasta que ya es demasiado tarde.
Tampoco te devuelve a aquellas personas que se ha llevado, ni siquiera te da la certeza de saber si algún día podrás volver a verlas, aunque sea sólo de soslayo en una calle poco transitada.
El tiempo es cruel. Nos arrebata todo sin pedir permiso, y no se detiene por mucho que grites, o llores, o desees como nunca has deseado que te lleve consigo de vuelta a unos días perdidos. Días en los que aún vive alguien que hoy tiene silenciado los latidos, o en los que aún conservas unos brazos dándote cobijo, esos mismos que te soltaron hace ya mucho.
Sí, definitivamente las agujas del reloj son propensas a cometer exceso de velocidad. Rozan cada hora y no se detienen, te arrastran con ellas y te arrancan de cuajo instantes que creías eternos.
Así que es precisamente al pararte en una habitación vacía, con el único sonido del compás de las manecillas, cuando te das cuenta de que no hay marcha atrás; de que las personas que se van... se van, de que los errores que cometes están escritos a bolígrafo y de que jamás vas a poder regresar al pasado, ni traer de vuelta a alguien que aún sigue allí.
Entonces, ante la imposible posibilidad de recuperar un momento concreto, buscas una manera de engañarte a ti mismo y pensar que quizás la solución está en el futuro. Que si dentro de unos años corres a buscarles, podrás hacer como que el pasado no existe y conocer a esas personas desde cero otra vez.
Y te encierras en tu propio mundo, ajeno a la realidad y al tiempo. Y las mentiras siguen creciendo mientras revives a los muertos o a los que se han ido.
Pero no es real. Lo sabes, aunque no te importa. Porque duele más la realidad que una mentira.
Así que si, el tiempo es cruel. Pero puede que algún día encuentre la manera de volver a aquellos días en los que apreciaba más el presente que un martes pasado, o un domingo inexistente.


viernes, 23 de agosto de 2013

La trágica historia de un Presente y un Condicional Simple.

Podría decirte que ya nada es lo mismo desde que te has ido, que quisiera despertar por la mañana y ver que a mi lado hay algo más que un hueco vacío y una almohada con restos de tu perfume; que quisiera perderme en tu espalda y encontrarme entre tus sábanas.
Podría decirte que tú eres el bache de mis curvas, esas que siempre fueron planas; y que si cada pájaro tiene su jaula, la mía lleva tu nombre.
Podría decirte mil palabras y aún quedarían muchas otras atrapadas en la cárcel de mis labios, de la que sólo tú tienes llave. Que el tocadiscos ya no gira, y si lo hace pierde el ritmo.
Podría decirte tantas cosas, y sin embargo me las callo.
Y es que mi silencio ya no tiene fuerzas para gritar, ni tú tiempo ni ganas de escucharme.
Qué bonito era todo cuando los ''podría'' sobraban de mis frases.

martes, 13 de agosto de 2013

¿Quién dice que los errores no son bonitos?

Aquel día... ¿te acuerdas? fue hace mucho, lo sé. Hacía frío, aún me acuerdo de eso. Era noviembre (¡normal que la escarcha empañara los cristales!), pero estar junto a ti me hacía olvidar que estábamos a unos cuantos grados bajo cero.
Sábado. Era sábado. No recuerdo qué día, pero ¿qué importan las fechas si sólo son números? lo importante es lo que ocurrió, el hecho que desencadenó todo este desastre.
Tú te habías enfadado, arrugaste la nariz y frunciste el ceño, dijiste cosas que nunca logré saber si te arrepentiste de haber pronunciado por esa boquita tan bonita que la genética te dio.
Yo tampoco me quedé corta, todo hay que decirlo. Pero justo en aquel momento, cuando tus mejillas enrojecían por la rabia y mis ojos comenzaron a humedecerse, pude haber tomado dos caminos diferentes.
Pude haberme dado media vuelta, desconocerte, y no hablarte nunca más. Estaba a tiempo, no me dolería tanto, no por aquel entonces. Podría, simplemente, haber puesto fin a algo que aún no había comenzado.
Mis huellas se quedarían marcadas en la nieve (pero no en la de tu piel), dejándote cada vez más atrás, hasta estar tan lejos que, al no poder verte, acabaría olvidándome de ti como se olvida un rostro cualquiera de una persona aleatoria que se cruza contigo por la calle.
Habrían pasado los meses y tú no serías más que aquel chico que conocí por casualidad en el momento más inoportuno y de la manera más complicada posible. Aquel chico.
Pero no lo hice, me quedé contigo, ¿no? Tomé la iniciativa de agarrar tu mano y no soltarla nunca.
Mala decisión, porque al final resultarías ser tú el que eligiese la opción de darse la vuelta y borrar todo rastro de mi piel sobre la tuya.
Y a pesar de todo te digo, aunque suene muy a masoquismo, que volvería a equivocarme una y otra vez con tal de estar a tu lado.
De todas formas... no niego que a veces he imaginado mi vida si hubiese elegido el camino que no conducía a ti. Pero no merecía la pena, era demasiado aburrido, demasiado vacío.
Así que te diré una cosa, una última cosa: y es que la decisión correcta fue equivocarme contigo.

lunes, 29 de julio de 2013

Finales abiertos de películas sin estrenar.

Ahora es cuando se supone que empieza mi vida, tengo gente por conocer y lugares por visitar; entradas de conciertos que aún no han sido programados, y tardes paseando por calles que aún no consigo ubicar.
Ahora es cuando se supone que yo continúo recto y tú tomas el desvío a la derecha; que tú vas hacia el sur y yo hacia el norte.
<<Adiós>> te toca decir. <<Olvídate de mí>> puedes añadir si quieres.
Y entonces es cuando no respondo, cuando me quedo callada y me doy media vuelta, con la maleta en una mano y la esperanza de que me detengas en la otra.
Ahora es cuando todo termina para comenzar de nuevo, cuando salen los créditos y cientos de agradecimientos en la pantalla. Y mientras, de fondo, un plano de mi espalda y de la tuya yendo en direcciones contrarias con nuestros nombres a los pies de nuestros pasos.
Ahora es cuando pienso: << Y si volvemos a conocernos dentro de diez años, ¿querrías hacer como que no sabes mi nombre, o no sería necesario? >>.
Ahora es cuando todo el mundo dice que hice lo correcto, y aplauden y se levantan de sus asientos porque la tragicomedia ha terminado. Y las luces se apagan, al compás del cerrojo de las puertas.
Ahora es cuando se supone que empieza mi vida. Pero, ¿cómo voy a poder hacerlo, si mi vida sin ti no es vida?

sábado, 27 de julio de 2013

Corazas de porcelana que se rompen con los años.

Después de todos estos meses aún sigues sonriendo en mis sueños con ese paréntesis que tanto me gusta, y esa risa que demasiadas pocas veces pude escuchar. Cómo olvidar el sonido de tu voz, si es lo único que me acaricia cuando no estás. Incluso aquellas veces que te enfadabas adoraba el tono con el que lo hacías.
Ha pasado un tiempo. No sé si mucho o no tanto. Para ti supongo que parecerá un siglo, para mí es como si fuera ayer la última vez que escuché el sonido de tu respiración acompasada con la mía.
Pero qué más da la velocidad a la que giren las agujas del reloj, si vayan lentas o deprisa voy a terminar por perderte igual. Perderte del todo, quedarme sin nada.
Y es que por mucho que lo intente, no puedo olvidarte. Aunque es verdad que ahora escueces más que dueles, todo hay que decirlo.
Llámalo masoquismo, pero echo de menos tenerte metafóricamente a mi lado. 
Aún no entiendo por qué me arañan el estómago recuerdos que hacen daño, de momentos en los que no era feliz. Sí, esos mismos en los que tú controlabas mi estado de ánimo.
Y lo he intentado, créeme que lo he intentado, pero no soy capaz de dejar de quererte. Incluso creo que ahora te quiero más que antes, qué irónico.
Pasamos de platónicos a imposibles, o quizás siempre fuimos lo primero. Porque dime, ¿alguna vez me has querido, como yo te quiero?
Hablar en presente de lo que siento, cuánto hacía que no me atrevía a hacerlo. Todo por culpa de fingir que me he quedado vacía, sin sentimientos.
Solía creer que te me pasarías, que estabas de paso. Pero ya va casi medio año, y aún sigo buscándote soñando.
Tú conmigo y yo sin ti. Triste final para un cuento de enamorados (¿enamorados?).

viernes, 26 de julio de 2013

Invierno de julio.

Pasan los meses, los días, las horas. Los martes se convierten en miércoles y los febreros en marzos. El frío se transforma en primavera, y las flores dejan paso al calor del verano.
Y tú sigues sin irte, y yo sin soltar tu mano.
Guardé en un cajón con llave tus fotografías, y quemé todas tus cartas hace ya tiempo. Te encerré en un pequeño hueco donde nunca más dejaría entrar a nadie.
Y no fui capaz de olvidarte.
Cogiste tus maletas y borraste todas las promesas que no dio tiempo a cumplir. Dejaste que tus manos encajasen con otras que no eran mías, y pusiste a cero el contador de besos. Esos que reservabas, pero que nunca llegaste a darme.
Y te fuiste sin girarte, ni siquiera para mirarme.
Y pasaron los meses, los días, las horas. Pasó de todo menos tú. Tú no te me pasaste.
Y es triste cómo ahora, que ya ni cenizas quedan de aquella tarde, incumples tu palabra de quedarte, de no dejarme.
Así que dime, dulce otoño de martes, dónde queda diciembre, para ir a buscarte.