A veces escucho una canción, o veo fotos de ciudades bonitas en las que me gustaría poder estar viviendo ahora mismo, y pienso que ya casi estoy a punto de poder rozar con mis propios dedos la llave que abre esta cárcel, también llamada Madrid.
Y una sensación de optimismo recorre mi estómago hasta salir en forma de sonrisa. Entonces me siento viva otra vez, con la fuerza necesaria para dejar atrás las palabras en forma de caricias que una vez me regalaron, pero que acabaron resultando ser cuchillos, o más bien cristales rotos.
Y vuelvo a tener ganas de enamorarme, de vivir nuevas experiencias, de nacer de nuevo después de haber estado tanto tiempo medio muerta.
Pero luego miro por la ventana, y mi realidad imaginaria se rompe. Veo que aún sigo detrás de los barrotes de mi alféizar, y que los edificios no han sidos sustituidos por la playa.
No me he ido, sigo aquí. Y saber que quizás nunca lo haga, me hace sentirme más encerrada que nunca.
La verdad es que no hay nadie a quien pueda dejar controlar mis pulsaciones o la velocidad a la que da volteretas el motor de mi sangre.
No he encontrado mi sitio, no sé dónde quiero estar, solo sé que quiero marcharme lejos cerca del mar, aunque no vayas a estar allí nunca más y nuestros trenes se hayan cruzado mientras intentábamos huir de la habitación que nos mantenía encerrados.
No tengo mi confianza puesta en alguien, ni un lugar al que escaparme.
Saber que tú sí, me hace sentir más sola y perdida que nunca.
Así que seguiré agarrándome a momentos de positividad espontáneos, hasta que llegue el día de ir hasta Atocha y poder decir adiós a estas calles grises manchadas de asfalto.
O puede que otra persona llegue antes, y sea la metáfora perfecta para un billete de tren, haciéndome unir realidad y sueño aunque sea solo por un tiempo, para poder huir a pesar de que sigamos quietos.
Quién sabe.
El caso es que es casi Junio, y ni mi patio es un puerto, ni mi cama está ocupada por alguien nuevo. Ni siquiera eres tú el que me espera tumbado, al menos no es a mi a la que sonríes desde debajo de tus sábanas.
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viernes, 31 de mayo de 2013
Poesía que no termina de serlo, para Edu.
Recuerdo cuánto te gustaba
aquella gran ventana que tenías
en un rincón escondido de
tu habitación.
Recuerdo cómo pasabas
las tardes de verano
mirando por entre los cristales,
buscando alguien que se girara
para verte.
Recuerdo qué cara pusiste cuando
alguien apagó la luz y no pudiste
distinguir tu ventana de un póster.
Y lo mucho que intentaste poder
dar luz otra vez a tu escondite
para encontrar las cortinas
que tantas veces te habían cobijado.
Recuerdo que no encontraste
el interruptor que te faltaba,
y que escuchaste risas de
la gente que pasaba.
Recuerdo cómo te sentiste
al ver que eras el único
que vivía a oscuras,
y lo mucho que querías
volver a tener una bombilla.
Recuerdo cuánto envidiabas
a los que tenían una ventana
con la que huir cuando no se tiene nada
excepto el miedo que entre risas falsas
se escapa.
Recuerdo que dijiste que lo dejabas,
que no querías seguir buscando
una chispa que te alumbrara.
Que no querías tener más una ventana,
porque te habías acostumbrado
a estar a oscuras.
Recuerdo cómo llorabas,
y lo falsa que resultaba tu sonrisa
ahogada entre tantas lágrimas.
Recuerdo que te vi entre nada,
y te di mi mano a ciegas aún sin saber
qué buscabas.
Recuerdo que chocamos contra un cristal
que ya estaba enfriado,
de tanto esperar que alguien lo encontrase
entre tanta luz camuflada en negro.
Recuerdo tu sonrisa en aquel momento,
lo mucho que reías sabiendo
que tu bombilla seguiría luciendo,
aunque el interruptor estuviera roto
o la luz se estuviera consumiendo.
Recuerdo que volviste a ser feliz
a pesar de todos esos malos momentos,
porque tu fuerza y tu paréntesis de los labios
siempre habían estado brillando.
Y lo seguirán haciendo aunque pasen años,
porque nadie más que tú merece
tener una ventana por la que
mirar cada verano.
aquella gran ventana que tenías
en un rincón escondido de
tu habitación.
Recuerdo cómo pasabas
las tardes de verano
mirando por entre los cristales,
buscando alguien que se girara
para verte.
Recuerdo qué cara pusiste cuando
alguien apagó la luz y no pudiste
distinguir tu ventana de un póster.
Y lo mucho que intentaste poder
dar luz otra vez a tu escondite
para encontrar las cortinas
que tantas veces te habían cobijado.
Recuerdo que no encontraste
el interruptor que te faltaba,
y que escuchaste risas de
la gente que pasaba.
Recuerdo cómo te sentiste
al ver que eras el único
que vivía a oscuras,
y lo mucho que querías
volver a tener una bombilla.
Recuerdo cuánto envidiabas
a los que tenían una ventana
con la que huir cuando no se tiene nada
excepto el miedo que entre risas falsas
se escapa.
Recuerdo que dijiste que lo dejabas,
que no querías seguir buscando
una chispa que te alumbrara.
Que no querías tener más una ventana,
porque te habías acostumbrado
a estar a oscuras.
Recuerdo cómo llorabas,
y lo falsa que resultaba tu sonrisa
ahogada entre tantas lágrimas.
Recuerdo que te vi entre nada,
y te di mi mano a ciegas aún sin saber
qué buscabas.
Recuerdo que chocamos contra un cristal
que ya estaba enfriado,
de tanto esperar que alguien lo encontrase
entre tanta luz camuflada en negro.
Recuerdo tu sonrisa en aquel momento,
lo mucho que reías sabiendo
que tu bombilla seguiría luciendo,
aunque el interruptor estuviera roto
o la luz se estuviera consumiendo.
Recuerdo que volviste a ser feliz
a pesar de todos esos malos momentos,
porque tu fuerza y tu paréntesis de los labios
siempre habían estado brillando.
Y lo seguirán haciendo aunque pasen años,
porque nadie más que tú merece
tener una ventana por la que
mirar cada verano.
Poesía que no termina de serlo, para Edu.
En una playa vacía y
llena al mismo tiempo
de momentos o incluso de recuerdos,
creí verte entre las olas.
Tenías el pelo más largo
y la sonrisa de lado,
pero habías perdido ese brillo
que desprendías con tu paso.
En una playa gris y
blanca al mismo tiempo
de tormentas o incluso de recuerdos
creí verte sentado en la arena.
Estabas tristemente a solas,
y con el agua rozándote las piernas,
pero no era tu mirada la que contemplaba
como el mar se estremecía
con cada roce que el viento le daba.
En una playa lejana y
no tan lejos al mismo tiempo
de mi ciudad o incluso de tu río,
creí que me mirabas.
Tenías los ojos más bonitos,
y la pupila más acafeinada,
pero estaban demasiado vacíos
porque no era tu mirada.
En una playa vacía y
llena al mismo tiempo
de momentos o incluso de recuerdos,
creí verte entre las olas.
Pero me equivocaba,
no eras tú sino otro
el que me esperaba.
No eras tú, ni era mi playa.
Era un sueño vacío y lleno al mismo tiempo
de momentos o incluso de recuerdos,
en los que tú no estabas.
No estabas.
llena al mismo tiempo
de momentos o incluso de recuerdos,
creí verte entre las olas.
Tenías el pelo más largo
y la sonrisa de lado,
pero habías perdido ese brillo
que desprendías con tu paso.
En una playa gris y
blanca al mismo tiempo
de tormentas o incluso de recuerdos
creí verte sentado en la arena.
Estabas tristemente a solas,
y con el agua rozándote las piernas,
pero no era tu mirada la que contemplaba
como el mar se estremecía
con cada roce que el viento le daba.
En una playa lejana y
no tan lejos al mismo tiempo
de mi ciudad o incluso de tu río,
creí que me mirabas.
Tenías los ojos más bonitos,
y la pupila más acafeinada,
pero estaban demasiado vacíos
porque no era tu mirada.
En una playa vacía y
llena al mismo tiempo
de momentos o incluso de recuerdos,
creí verte entre las olas.
Pero me equivocaba,
no eras tú sino otro
el que me esperaba.
No eras tú, ni era mi playa.
Era un sueño vacío y lleno al mismo tiempo
de momentos o incluso de recuerdos,
en los que tú no estabas.
No estabas.
jueves, 30 de mayo de 2013
Cambio de roles.
Si me conocieras (otra vez), te enamorarías de mi aunque al principio te negaras a hacerlo. Me ganaría el derecho de rozar mi mano con la tuya poco a poco. Lucharía por ti y me haría paso entre los cristales rotos de tu confianza.
Si me conocieras (otra vez), seríamos felices. Pero solo por un tiempo, el justo para saber lo que es conseguir un premio difícil y luego cansarme. Entonces, los papeles estarían cambiados. Tú serías el que lucha por mi, y yo la que mira mientras haces todo lo posible por recuperarme.
Aún así te seguiría queriendo aunque fuera solo un poco, porque al fin y al cabo me sigues gustando.
Pero solo por un tiempo, el justo para no tener claro qué siento.
Si me conocieras (otra vez), no te haría caso. Fingiría estar contigo cuando en realidad no tengo ganas de tenerte. Y no serías más que un amigo al que tratar como quisiera, porque tengo el control de la velocidad a la que van tus pulsaciones.
Entonces te hartarías de ser un juguete, a merced del miedo que siento a salir herida. Y te rebelarías, y lucharías por tenerme de la misma forma que yo te tengo. Y yo aceptaría, haciendo como que todo es igual que antes, cuando en realidad es diferente.
Si me conocieras (otra vez), yo sería libre. Me sentiría segura porque no corro el riesgo de sufrir heridas, pero tú... ah, tú. Tú estarías en la zona de peligro, ahora cualquier movimiento sería como el detonador de tus cicatrices.
Te susurraría palabras de doble filo, que parecen de amor pero en realidad van vestidas de luto. Rozaría con mi nariz tus mejillas, y vería como te rindes y cierras los ojos, aún bajo mi control.
Qué bonito giro de acontecimientos. Empezaste siendo el motivo de mi lucha, y te convertiste en mi muñeco preferido. Un muñeco controlado por el salvavidas que se suponía que iba a rescatarte.
Pero solo por un tiempo, el justo para dejarte ver quién soy realmente.
Si me conocieras (otra vez), volverías a poner esa cara de estúpido que pusiste cuando supiste que no era más que un juego, que te había llevado de mi mano al acantilado, y que estaba a punto de empujarte.
No eres idiota, así que harías la pregunta que rompió todos mis esquemas (otra vez). Y me dolería aunque no me la esperase.
Y no sabré contener mi rabia de ver que el muñeco se vuelve en mi contra. Y huiré lejos, dejándote atrás como si nada.
Pero solo por un tiempo, el justo para que te dieses cuenta de que no te quiero.
Entonces vendrías corriendo, y mi rabia y la tuya estarían igualadas.
Y dirías <<Que te vaya bien>> con esa voz tan característica tuya.
Pero aunque fueses tú quién tuviera la última palabra y el valor suficiente como para poner fin a mis juegos, yo sería quien pusiera la última media sonrisa girada.
Y te diré adiós.
Y no te esperaré.
Y buscaré un muñeco diferente.
Y el juego empezará otra vez.
Si me conocieras (otra vez), sabrías cómo me hiciste sentir. Cómo se siente siendo una muñeca de trapo a la merced de un titiritero que no sabe lo que hace. Sabrías qué es ser tirado a la basura y sustituido por un juguete nuevo.
Si me conocieras (otra vez) te haría lo que me hiciste.
Y te enamorarías de mi. Pero no conmigo.
Porque no se puede enamorar a una persona dos veces.
Si me conocieras (otra vez), seríamos felices. Pero solo por un tiempo, el justo para saber lo que es conseguir un premio difícil y luego cansarme. Entonces, los papeles estarían cambiados. Tú serías el que lucha por mi, y yo la que mira mientras haces todo lo posible por recuperarme.
Aún así te seguiría queriendo aunque fuera solo un poco, porque al fin y al cabo me sigues gustando.
Pero solo por un tiempo, el justo para no tener claro qué siento.
Si me conocieras (otra vez), no te haría caso. Fingiría estar contigo cuando en realidad no tengo ganas de tenerte. Y no serías más que un amigo al que tratar como quisiera, porque tengo el control de la velocidad a la que van tus pulsaciones.
Entonces te hartarías de ser un juguete, a merced del miedo que siento a salir herida. Y te rebelarías, y lucharías por tenerme de la misma forma que yo te tengo. Y yo aceptaría, haciendo como que todo es igual que antes, cuando en realidad es diferente.
Si me conocieras (otra vez), yo sería libre. Me sentiría segura porque no corro el riesgo de sufrir heridas, pero tú... ah, tú. Tú estarías en la zona de peligro, ahora cualquier movimiento sería como el detonador de tus cicatrices.
Te susurraría palabras de doble filo, que parecen de amor pero en realidad van vestidas de luto. Rozaría con mi nariz tus mejillas, y vería como te rindes y cierras los ojos, aún bajo mi control.
Qué bonito giro de acontecimientos. Empezaste siendo el motivo de mi lucha, y te convertiste en mi muñeco preferido. Un muñeco controlado por el salvavidas que se suponía que iba a rescatarte.
Pero solo por un tiempo, el justo para dejarte ver quién soy realmente.
Si me conocieras (otra vez), volverías a poner esa cara de estúpido que pusiste cuando supiste que no era más que un juego, que te había llevado de mi mano al acantilado, y que estaba a punto de empujarte.
No eres idiota, así que harías la pregunta que rompió todos mis esquemas (otra vez). Y me dolería aunque no me la esperase.
Y no sabré contener mi rabia de ver que el muñeco se vuelve en mi contra. Y huiré lejos, dejándote atrás como si nada.
Pero solo por un tiempo, el justo para que te dieses cuenta de que no te quiero.
Entonces vendrías corriendo, y mi rabia y la tuya estarían igualadas.
Y dirías <<Que te vaya bien>> con esa voz tan característica tuya.
Pero aunque fueses tú quién tuviera la última palabra y el valor suficiente como para poner fin a mis juegos, yo sería quien pusiera la última media sonrisa girada.
Y te diré adiós.
Y no te esperaré.
Y buscaré un muñeco diferente.
Y el juego empezará otra vez.
Si me conocieras (otra vez), sabrías cómo me hiciste sentir. Cómo se siente siendo una muñeca de trapo a la merced de un titiritero que no sabe lo que hace. Sabrías qué es ser tirado a la basura y sustituido por un juguete nuevo.
Si me conocieras (otra vez) te haría lo que me hiciste.
Y te enamorarías de mi. Pero no conmigo.
Porque no se puede enamorar a una persona dos veces.
miércoles, 29 de mayo de 2013
La persona que te protege está detrás del arma que te apunta.
Estaba oscuro, ni siquiera la luna era capaz de dar un brillo falso a la habitación. Lo único parecido a luz era una bombilla que se balanceaba con un resplandor intermitente. Los muebles estaban rotos y tirados por el suelo. Tampoco la ventana se había librado de acabar hecha pedazos, con las cortinas desgarradas.
Y en mitad del desastre ahí estabas, jadeando y apuntándome con una pistola. Tenías la camisa rota y el pelo alborotado más de lo normal. Tus ojos me miraban con un odio que supe que era falso, que en realidad detrás de él se escondía el ''lo siento'' nunca dicho.
Unos centímetros más adelante, cara a cara con el gatillo, estaba yo. Con mi vestido desgarrado y manchado de restos de sangre a juego con mi cara, y el pelo revuelto cayéndome por la espalda.
-Dispara. - Dije, arqueando una ceja.
No tenía miedo de morir si eras tú quien lo hacía.
Tragaste saliva y me dedicaste un último paréntesis con una risa casi inaudible de fondo. Te acercaste más a mi y pusiste la pistola contra mi frente, al mismo tiempo que tu mejilla rozaba mi pelo.
-Dispara. - Repetí, esta vez en un suspiro.
Apartaste la cabeza de mi hombro para mirarme directamente a los ojos.
Y tu mirada y la bala hicieron contacto conmigo al mismo tiempo.
Entonces supe que no eras tú quien tenía el control del gatillo, que tú habías muerto mientras la estantería chocaba contra la alfombra, y las paredes se agrietaban; que cuando pasaste de usar esa misma pistola para apuntarme en lugar de para defenderme, ya te habías ido.
No eras tú quien disparaba. Ni tampoco era yo quien había acabado tirada en el suelo, mientras tú abrías la puerta y la cerrabas como si no hubieras destrozado nada ahí dentro.
No éramos tú y yo, eran tu orgullo y el mío.
No éramos tú y yo, nosotros ya estábamos muertos.
No éramos tú y yo. Nunca lo fuimos.
martes, 28 de mayo de 2013
Adiós a quien solía ser.
Hace tiempo, no muchos meses atrás, tenía miedo de estar sola. Mucho miedo.
No estaba acostumbrada a perder a nadie, o puede que sí lo estuviera pero lo hubiese estado ocultando durante 7 años, hasta que se desencadenó la pesadilla.
La perdí.
Ya no estaba ni estaría más por mucho que quisiese. No fui capaz de aceptarlo.
Pero eso no fue más que el primer terremoto. Luego vendría otro, que se quedaría en seísmo, pero que hizo la grita aún más grande.
Entonces me sentí rota, pero no por mucho tiempo. Al poco aprendí a estar sola.
Y nada más acostumbrarme a no tener a nadie apareció él.
Y entonces sentí como si la grieta se... cerrase. Creí que me salvaría, que pondría el cemento que le hacía falta a mi vacío para estar completo.
Pero me equivocaba.
Yo estaba demasiado destrozada, y él... él no sé cómo estaba.
Vino, me terminó de romper y se fue. Ni siquiera hizo un ademán por quedarse conmigo o venir a buscarme.
El que se suponía que tenía que salvarme, solo fue una especie de excavadora. Y yo para él no sé ni qué fui, ni qué sigo siendo.
Volví a estar medianamente sola. Acepté que ella no estuviera, pero me negué a creer que él ya no iba a volver.
Y la grieta se convirtió en abismo.
Y esta vez de verdad necesitaba que alguien me salvase, porque estaba a punto de caer en un pozo sin fondo.(Lo sigo estando).
Así que me di cuenta de a dónde había llegado. Me había pasado los últimos años de mi vida acumulando grietas, y se habían juntado para formar un acantilado. No sirvió de nada fingir que no estaban, no sirvió de nada buscar a alguien que me tendiera una escalera para salir de ahí dentro.
No sirvió nada.
Me miré al espejo una noche del 28 de Febrero. Hoy.
Y no sabía qué sentía, ni qué quería hacer con mi vida. Estaba encerrada en mi propio despeñadero.
Y me harté de esperar una forma de escalarlo. Me decidí a cambiar, a ser diferente. A no ser débil.
Nadie más me hundiría en este pozo, ni siquiera yo misma.
Si no va(n/s) a rescatarme, tendré que hacerlo yo sola. Tendré que hacerlo sin nadie.
Injusto que quien más necesite que le rescaten tenga que salvarse a sí mismo.
Muerte por asfixia de una puerta que se cierra.
Quiero que te vayas, que cojas todas tus palabras, tus llamadas, y tus promesas, y las metas en una maleta con cerrojo.
Quiero que la tires al mar, y dejes que se desgaste con el roce de las olas. Que sea como un barco de tela hundido incapaz de salir a flote.
Quiero que te vayas, que borres de mis ojos tus miradas, y de mis oídos tus ''te quiero''. Que cierres la puerta de la habitación donde guardo mis recuerdos, y la prendas fuego.
Quiero que me cubras con un velo blanco, que sirva de olvido anticipado, y me hagas hacer como que nada de esto ha pasado. Que adelantes mis días hasta ese en el que ya no siento.
Quiero que te vayas, quiero que sueltes mi mano. Que aunque parezca que ya no está sujeta, aún sigue por error atada a la manga de tu camiseta. Un hilo suelto enredado con otro, que no me deja alejarme de ti ni un solo metro.
Quiero que te vayas, que seas feliz y yo también lo sea. Quiero que te vayas y te des cuenta de las heridas que has dejado en mi costado, que ya casi se ha quedado sin aliento.
Quiero que te vayas y me dejes respirar después de tanto tiempo presionándome el pecho sin quererlo. Que me devuelvas a la persona que yo era, o que me regales una autoestima nueva.
Quiero que te vayas.
Pero también quiero que vuelvas.
Quiero que la tires al mar, y dejes que se desgaste con el roce de las olas. Que sea como un barco de tela hundido incapaz de salir a flote.
Quiero que te vayas, que borres de mis ojos tus miradas, y de mis oídos tus ''te quiero''. Que cierres la puerta de la habitación donde guardo mis recuerdos, y la prendas fuego.
Quiero que me cubras con un velo blanco, que sirva de olvido anticipado, y me hagas hacer como que nada de esto ha pasado. Que adelantes mis días hasta ese en el que ya no siento.
Quiero que te vayas, quiero que sueltes mi mano. Que aunque parezca que ya no está sujeta, aún sigue por error atada a la manga de tu camiseta. Un hilo suelto enredado con otro, que no me deja alejarme de ti ni un solo metro.
Quiero que te vayas, que seas feliz y yo también lo sea. Quiero que te vayas y te des cuenta de las heridas que has dejado en mi costado, que ya casi se ha quedado sin aliento.
Quiero que te vayas y me dejes respirar después de tanto tiempo presionándome el pecho sin quererlo. Que me devuelvas a la persona que yo era, o que me regales una autoestima nueva.
Quiero que te vayas.
Pero también quiero que vuelvas.
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