La primera vez que la vi estaba llorando, pero yo no me di cuenta hasta pasados unos minutos. Mantenía la mirada inmóvil en el fin del mar, como si estuviera intentando leer qué había más allá de un horizonte. Como si de verdad fuese posible atrapar uno.
Tenía el pelo largo y ondulado cubriéndole las mejillas mojadas, y llevaba puesto un vestido fino y vagamente azul con dibujitos de pájaros blancos en él. A su espalda, tenía una mochila. Estaba tan disimuladamente llena que me permití pensar que ella era una trotamundos. Y no me equivocaba.
Me apoyé en el muro a pocos metros de donde se encontraba y me permití observarla sin permiso. Fue entonces cuando me fijé en que lloraba totalmente callada, sin emitir sonido alguno. Se limitaba a dejar que las lágrimas rodaran por sus mejillas lentamente hasta saltar como kamikazes por el acantilado de su barbilla. Y eso era muy triste, más triste que llorar a gritos era llorar sin decir nada. Porque llorar a gritos encierra dolor, pero llorar con calma significa sucumbir a la tristeza. Llorar con calma significa que ya no te importa llorar, que ya ni siquiera te molestas en hacer nada a parte de dejar caer las lágrimas. Llorar con calma encierra algo más que dolor, encierra un mundo entero de desgarros que han acabado por absorberte.
Así que al ver que no cesaba y que estaba totalmente absorta, me acerqué a ella y le ofrecí un pañuelo.
-Gracias -dijo.
Y siguió mirando el océano.
Le pregunté entonces por su nombre y me contestó que se llamaba Maya. La pregunté después por qué lloraba y no respondió nada más.
De ella supe con el tiempo que desde muy pequeña había querido marcharse y ver mundo. Viajar, aunque fuera sola. Le aterrorizaba la idea de echar raíces y estancarse. Estancarse había sido precisamente el miedo que más problemas le había ocasionado. Ella misma me lo había dicho, era complicado encontrar a alguien que comprendiera su visión de ser libre.
-Ser libre -me dijo- es poder hacer lo que quieras sin ataduras. Por ejemplo, si a mí me apetece viajar a Michigan ahora mismo, podría hacerlo. Eso es ser libre, poder cumplir tus antojos sin pensar <<Tengo que cuidar de mis hijos>> o <<No puedo, mi jefe me despediría>> o incluso <<No tengo dinero>>. Eso son ataduras.
Y después de decir aquello apretaba sus rojos labios a modo ''esto es lo que hay, acéptalo'' y me miraba desde el otro lado de la sábana.
Por supuesto, yo lo aceptaba, pero eso no quería decir que no estuviera completamente atemorizado. Atemorizado, porque sabía que si ella era libre no podría retenerla conmigo eternamente. No podría decirla <<Quiero vivir contigo el resto de mis días>> porque la asustaría y echaría a volar. Atemorizado, principalmente, porque era consciente de que Maya podría marcharse en cualquier momento y no existía en el mundo posibilidad alguna de hacerla quedarse.
Maya era libre.
Al menos ella lo creía así.
Así lo creía, pero en el fondo yo sabía que no es posible ser libre, porque para ello es necesario renunciar y renunciando corremos el riesgo de ser infelices.
Maya era infeliz.
Al menos así lo creía yo desde la primera vez que la vi, llorando frente al mar. Nunca quiso contarme por qué lo hizo, pero algo me decía (quizá mi parte empática) que había dejado atrás demasiadas cosas con tal de escapar y había terminado por crear su propia jaula.
Ella era del tipo de persona que no puede encerrarse, porque acaba muriendo por dentro. Ese tipo de personas son las más asustadizas y, por consiguiente, las más dañinas. Son pájaros con el ala rota por haber vivido atrapadas demasiado tiempo.
Y te encariñarás con ellas, y les curarás el ala para que puedan volar en lugar de darse batacazos, pero entonces se marcharán porque no conocen otro modo de vivir que no sea el de huir todo el tiempo.
Así era Maya.
Un ave que nunca supo cómo volar.
Se había pasado media vida cortando sus raíces y al final había terminado por echar raíces en sí misma.
Por eso vivía perseguido por el temor de que podría marcharse en cualquier momento, porque ella tenía más miedo que yo. Mucho más miedo que yo.
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viernes, 8 de agosto de 2014
viernes, 11 de julio de 2014
Caos que bailan de la mano.
Son las dos de la mañana y escucho tu nombre y tiemblo aunque lo haya dicho yo, como en un susurro tímido y agónico frente al espejo, como alguien que acaba de descubrir al culpable de un crimen por error.
Y se me enfrían el estómago y los brazos, haciendo competencia a mis manos.
Son las dos y media y tiemblo, hasta que se estremece conmigo mi cama. Hasta que yo misma podría haber sido el epicentro de un terremoto en pleno Madrid.
Hasta que a las tres decido escribir con letra inestable y un lápiz que baila entre mis dedos.
Y se me olvida progresivamente que hoy he vuelto a decir tu nombre de forma consciente, y que hoy he vuelto a aquellos días en los que el Atlántico estaba en mis ojos y no contigo.
Y de pronto calma.
De pronto ya no hay terremotos ni epicentros. Ni olas en mis océanos.
De pronto me quedo dormida sin querer y te veo.
Te vuelvo a ver.
Y me doy cuenta de que el verdadero seísmo eres tú, y de que ojalá podamos provocar maremotos juntos de nuevo.
Y se me enfrían el estómago y los brazos, haciendo competencia a mis manos.
Son las dos y media y tiemblo, hasta que se estremece conmigo mi cama. Hasta que yo misma podría haber sido el epicentro de un terremoto en pleno Madrid.
Hasta que a las tres decido escribir con letra inestable y un lápiz que baila entre mis dedos.
Y se me olvida progresivamente que hoy he vuelto a decir tu nombre de forma consciente, y que hoy he vuelto a aquellos días en los que el Atlántico estaba en mis ojos y no contigo.
Y de pronto calma.
De pronto ya no hay terremotos ni epicentros. Ni olas en mis océanos.
De pronto me quedo dormida sin querer y te veo.
Te vuelvo a ver.
Y me doy cuenta de que el verdadero seísmo eres tú, y de que ojalá podamos provocar maremotos juntos de nuevo.
domingo, 6 de julio de 2014
La toxicidad de las personas.
Hoy te vi. Estabas en esa cafetería que tanto te gustaba, sentado junto a la ventana y tomándote un café. Yo me quedé un rato mirándote desde fuera, parada en mitad de la calle, temiendo que me vieses y queriendo que lo hicieses al mismo tiempo.
Vi cómo leías un libro y abrazabas una taza, totalmente absorto a todo lo que pasaba a tu alrededor: a la gente que se levantaba, a la gente que se marchaba, a la gente que venía y a la gente que, como yo, te miraba esperando que les mirases tú de vuelta.
Conservabas también esa manía de darle dos vueltas al café antes de tomártelo, dejándolo sobre tus labios lo suficiente como para hartarte de amargura. Estabas tan diferente que no habías cambiado en nada, por mucho que te dejases crecer el pelo seguías siendo un crío. Los dos seguíamos siéndolo.
Entonces alguien se chocó conmigo y me gruñó que me apartase. Y tú levantaste la vista, como si los cristales no fueran una barrera del sonido y me hubieses escuchado ensimismarme contigo.
Y te quedaste ahí. Mirándome desde el otro lado del cristal. Mirándote desde el otro lado del cristal. Y los segundos se hicieron tan eternos en tus dos pozos negros, que me dio tiempo a recordar que es más tóxico tenerte cerca que al otro lado de una ventana.
Así que no dije nada y me fui, como el resto de veces que te has topado en mi vida. Porque sólo yéndome sabes tenerme, y sólo teniéndome haces que me vaya.
Por mucho que me cueste conformarme con mirarte de lejos.
Vi cómo leías un libro y abrazabas una taza, totalmente absorto a todo lo que pasaba a tu alrededor: a la gente que se levantaba, a la gente que se marchaba, a la gente que venía y a la gente que, como yo, te miraba esperando que les mirases tú de vuelta.
Conservabas también esa manía de darle dos vueltas al café antes de tomártelo, dejándolo sobre tus labios lo suficiente como para hartarte de amargura. Estabas tan diferente que no habías cambiado en nada, por mucho que te dejases crecer el pelo seguías siendo un crío. Los dos seguíamos siéndolo.
Entonces alguien se chocó conmigo y me gruñó que me apartase. Y tú levantaste la vista, como si los cristales no fueran una barrera del sonido y me hubieses escuchado ensimismarme contigo.
Y te quedaste ahí. Mirándome desde el otro lado del cristal. Mirándote desde el otro lado del cristal. Y los segundos se hicieron tan eternos en tus dos pozos negros, que me dio tiempo a recordar que es más tóxico tenerte cerca que al otro lado de una ventana.
Así que no dije nada y me fui, como el resto de veces que te has topado en mi vida. Porque sólo yéndome sabes tenerme, y sólo teniéndome haces que me vaya.
Por mucho que me cueste conformarme con mirarte de lejos.
viernes, 27 de junio de 2014
La artesana de planetas.
Me dijeron hace tiempo ''Eres una crédula, sal del nido de una vez'' y nunca les hice caso. Me daba miedo no ser inofensiva y acabar destrozando al resto. No quería ser un mal recuerdo, jamás quise serlo. Así que fui de un lado a otro sin hacer daño a nadie, porque creía que era la única manera de hacer lo correcto.
Y sí, era lo correcto.
Pero no para mí.
Pasar por el mundo sin causar destrozos, protegiendo a todos en paños de algodón, recomponiendo pedacitos de puzzles que no eran míos, sólo ha servido para acabar devastada por lo que yo sola protegía de sus miedos.
Porque de tanto proclamar el pacifismo me olvidé de ponerme a cubierto de todas aquellas personas que se mueven por el daño. Del mundo entero que acabó demostrándome que ser inofensivo es el primer paso para volverse completamente destructivo (no necesariamente con otros).
De ti, que enredaste mis esquemas hasta convertirlos en el nudo que se forma en mi estómago cada vez que veo una fotografía tuya.
De él, que simplemente era él y no supe verlo. De él.
Así que ahora, que ya es demasiado tarde y no tengo donde resguardarme de mis monstruos, es cuando de verdad me doy cuenta de lo admirable que es no dejarse corromper por una realidad llena de gente vacía y de corazones tan rotos que rompen al resto. Y de lo mucho que me está costando mantenerme cuerda después tanto reparar planetas ajenos, para ver cómo ellos mismos acaban por estropearme a mí.
Me dijeron hace tiempo ''Eres una crédula, sal del nido de una vez'', pero no se dieron cuenta de que lo complicado es quedarse dentro, sin dejar que nadie nos empuje a un mundo de desilusiones con la simple fuerza de una promesa a medias.
Y sí, era lo correcto.
Pero no para mí.
Pasar por el mundo sin causar destrozos, protegiendo a todos en paños de algodón, recomponiendo pedacitos de puzzles que no eran míos, sólo ha servido para acabar devastada por lo que yo sola protegía de sus miedos.
Porque de tanto proclamar el pacifismo me olvidé de ponerme a cubierto de todas aquellas personas que se mueven por el daño. Del mundo entero que acabó demostrándome que ser inofensivo es el primer paso para volverse completamente destructivo (no necesariamente con otros).
De ti, que enredaste mis esquemas hasta convertirlos en el nudo que se forma en mi estómago cada vez que veo una fotografía tuya.
De él, que simplemente era él y no supe verlo. De él.
Así que ahora, que ya es demasiado tarde y no tengo donde resguardarme de mis monstruos, es cuando de verdad me doy cuenta de lo admirable que es no dejarse corromper por una realidad llena de gente vacía y de corazones tan rotos que rompen al resto. Y de lo mucho que me está costando mantenerme cuerda después tanto reparar planetas ajenos, para ver cómo ellos mismos acaban por estropearme a mí.
Me dijeron hace tiempo ''Eres una crédula, sal del nido de una vez'', pero no se dieron cuenta de que lo complicado es quedarse dentro, sin dejar que nadie nos empuje a un mundo de desilusiones con la simple fuerza de una promesa a medias.
domingo, 15 de junio de 2014
Desconocerte.
He dejado de buscarte para
ver si así te encontraba,
porque sólo
con la memoria vacía
se puede caminar a tientas
y a tiendas dar contigo
mientras digo
que ha pasado tanto tiempo
que ya
no me acordaba
de ti.
Te preguntaría entonces
por tu vida
(que ya no es mía)
por los meses en los que
no estaba
(que fueron tantos)
y por el hueco de tu pecho
(que espero siga estando desocupado)
para ver si de pregunta
a pregunta estúpida
llegamos al epicentro
de este tornado
y me invitas a tomar algo
como solíamos hacer antes
de que tuviera
que olvidarte.
Cómo si de verdad fuera posible
quitarle a la primavera sus flores
y deshacer después todas tus fotografías.
ver si así te encontraba,
porque sólo
con la memoria vacía
se puede caminar a tientas
y a tiendas dar contigo
mientras digo
que ha pasado tanto tiempo
que ya
no me acordaba
de ti.
Te preguntaría entonces
por tu vida
(que ya no es mía)
por los meses en los que
no estaba
(que fueron tantos)
y por el hueco de tu pecho
(que espero siga estando desocupado)
para ver si de pregunta
a pregunta estúpida
llegamos al epicentro
de este tornado
y me invitas a tomar algo
como solíamos hacer antes
de que tuviera
que olvidarte.
Cómo si de verdad fuera posible
quitarle a la primavera sus flores
y deshacer después todas tus fotografías.
martes, 10 de junio de 2014
La tumba de las mariposas.
Me dijeron una vez que había que saber respetarse a uno mismo. Y no se equivocaban, pero es más fácil decirlo que llevarlo a cabo. Yo nunca supe cómo hacerlo.
Sin embargo ella era distinta.
A ella no le costaba reírse tanto como a mí, le salía sólo. Yo, en cambio, tenía demasiado control sobre mi risa y no podía evitar reprimirla en una mueca.
Cada día ella caminaba las calles en total simetría con su cuerpo. Como las olas que bailan un océano. Acariciaba con sus piernas las aceras y ni siquiera le vacilaba la mirada, siempre al frente. Envidiaba que sus caderas tuvieran curvas sólo porque ella quería que así fuera.
Yo, en cambio, no me atrevía a caminar del todo. Miraba siempre al suelo, según decía la gente, como síntoma de mis ansias de escaparme lejos. Yo no acariciaba las aceras, yo hacía todo lo posible por no pisarlas.
Además, todas las noches, antes de ducharse se miraba en el espejo. Se quitaba la ropa y sonreía ladeadamente, de manera tímida y semidesnuda, admirando sus propias piernas, sus propias clavículas, su propio culo, su propia espalda. Su propio todo. Su propio cuerpo.
Su propia ella.
Se miraba en el espejo y era capaz de verse a sí misma, de ver su alma.
Yo no podía hacer eso. Sabía que era incapaz, porque una vez traté de hacerlo. Me quedé mirándome casi sin ropa y llegué a la conclusión de que no me gustaban mis piernas, porque no tenían forma. Eran demasiado delgadas. Tampoco me gustaba el resto, por la misma razón.
No me veía a mí misma, veía un cuerpo que no aceptaba como propio. Una base que quizá podría llegar a ser perfecta, pero que no lo era. Así que yo, en cambio, no sonreía al verme en ropa interior, ni siquiera lloraba. Más bien me sentía impotente.
Y es que ella, con su caminar acompasado, su inenjaulable risa, su alta autoestima, estaba totalmente fusionada con la estructura marmórea que la mantenía en pie.
Estaba enamorada de sus lunares, de sus costillas, de su voz demasiado aguda y de su pelo despeinado cada mañana.
Estaba enamorada de sí misma, y precisamente por eso no necesitaba a nadie. Era libre, independiente. Un pilar indestructible capaz de sobrevivir años a base de mirarse en un espejo.
Eso me hacía cuestionarme de qué manera una persona se respeta a sí misma.
Ella se quería, pero no era capaz de querer a nadie más. Se había vuelto demasiado independiente. Gritaba a los cuatro vientos que era libre, que no le pertenecía a ninguna otra persona, pero en el fondo estaba desesperada. En el fondo, se sentía una máquina incapaz de anidar mariposas.
Dejaba que su risa brotase por sí sola, porque en realidad era fingida.
Estaba vacía.
Apática.
Y lo peor de todo era que no existía persona capaz de perderse físicamente en sus curvas.
Era inaccesible precisamente porque estaba insensibilizada y eso la consumía por dentro.
Sin embargo, yo nunca supe cómo quererme. No sabía ser uno con mi cuerpo y eso se notaba. Siempre andaba sacándome defectos, criticándome a mí misma.
En el fondo, porque encerraba demasiados sentimientos dentro y temía no encontrar a nadie que los quisiese. Era una bomba de relojería, un cañón cargado de pólvora. Un cúmulo de dramatismo a punto de explotar si alguien no lo sofocaba antes.
Así que, cuando aquella vez me dijeron que había que saber respetarse a uno mismo, pensé que quizá eso significaba enamorarse de cada recoveco propio, y dejarse sentir hasta los topes por aquellos que sepan ver esos mismos escondites.
Más tarde acabé dándome cuenta de que es precisamente ese sentir descontrolado lo que nos lleva a quedarnos totalmente vacíos.
Porque una vez que te arrebatan todo aquello que te hace sentir vivo, sólo te quedas tú mismo y los recuerdos que conservas dentro.
Quizá por eso ella se quería tanto, porque era lo único que le quedaba de todas las cosas que había perdido.
Sin embargo ella era distinta.
A ella no le costaba reírse tanto como a mí, le salía sólo. Yo, en cambio, tenía demasiado control sobre mi risa y no podía evitar reprimirla en una mueca.
Cada día ella caminaba las calles en total simetría con su cuerpo. Como las olas que bailan un océano. Acariciaba con sus piernas las aceras y ni siquiera le vacilaba la mirada, siempre al frente. Envidiaba que sus caderas tuvieran curvas sólo porque ella quería que así fuera.
Yo, en cambio, no me atrevía a caminar del todo. Miraba siempre al suelo, según decía la gente, como síntoma de mis ansias de escaparme lejos. Yo no acariciaba las aceras, yo hacía todo lo posible por no pisarlas.
Además, todas las noches, antes de ducharse se miraba en el espejo. Se quitaba la ropa y sonreía ladeadamente, de manera tímida y semidesnuda, admirando sus propias piernas, sus propias clavículas, su propio culo, su propia espalda. Su propio todo. Su propio cuerpo.
Su propia ella.
Se miraba en el espejo y era capaz de verse a sí misma, de ver su alma.
Yo no podía hacer eso. Sabía que era incapaz, porque una vez traté de hacerlo. Me quedé mirándome casi sin ropa y llegué a la conclusión de que no me gustaban mis piernas, porque no tenían forma. Eran demasiado delgadas. Tampoco me gustaba el resto, por la misma razón.
No me veía a mí misma, veía un cuerpo que no aceptaba como propio. Una base que quizá podría llegar a ser perfecta, pero que no lo era. Así que yo, en cambio, no sonreía al verme en ropa interior, ni siquiera lloraba. Más bien me sentía impotente.
Y es que ella, con su caminar acompasado, su inenjaulable risa, su alta autoestima, estaba totalmente fusionada con la estructura marmórea que la mantenía en pie.
Estaba enamorada de sus lunares, de sus costillas, de su voz demasiado aguda y de su pelo despeinado cada mañana.
Estaba enamorada de sí misma, y precisamente por eso no necesitaba a nadie. Era libre, independiente. Un pilar indestructible capaz de sobrevivir años a base de mirarse en un espejo.
Eso me hacía cuestionarme de qué manera una persona se respeta a sí misma.
Ella se quería, pero no era capaz de querer a nadie más. Se había vuelto demasiado independiente. Gritaba a los cuatro vientos que era libre, que no le pertenecía a ninguna otra persona, pero en el fondo estaba desesperada. En el fondo, se sentía una máquina incapaz de anidar mariposas.
Dejaba que su risa brotase por sí sola, porque en realidad era fingida.
Estaba vacía.
Apática.
Y lo peor de todo era que no existía persona capaz de perderse físicamente en sus curvas.
Era inaccesible precisamente porque estaba insensibilizada y eso la consumía por dentro.
Sin embargo, yo nunca supe cómo quererme. No sabía ser uno con mi cuerpo y eso se notaba. Siempre andaba sacándome defectos, criticándome a mí misma.
En el fondo, porque encerraba demasiados sentimientos dentro y temía no encontrar a nadie que los quisiese. Era una bomba de relojería, un cañón cargado de pólvora. Un cúmulo de dramatismo a punto de explotar si alguien no lo sofocaba antes.
Así que, cuando aquella vez me dijeron que había que saber respetarse a uno mismo, pensé que quizá eso significaba enamorarse de cada recoveco propio, y dejarse sentir hasta los topes por aquellos que sepan ver esos mismos escondites.
Más tarde acabé dándome cuenta de que es precisamente ese sentir descontrolado lo que nos lleva a quedarnos totalmente vacíos.
Porque una vez que te arrebatan todo aquello que te hace sentir vivo, sólo te quedas tú mismo y los recuerdos que conservas dentro.
Quizá por eso ella se quería tanto, porque era lo único que le quedaba de todas las cosas que había perdido.
sábado, 7 de junio de 2014
En contraste.
Quiero
que recorras
con un kamikaze
exceso de velocidad
las carreras de mis medias
y que te pierdas
entre mis piernas
mientras yo me pierdo
por cada hueco de Madrid
que me recuerda
a cuando aún
estabas
aquí.
que recorras
con un kamikaze
exceso de velocidad
las carreras de mis medias
y que te pierdas
entre mis piernas
mientras yo me pierdo
por cada hueco de Madrid
que me recuerda
a cuando aún
estabas
aquí.
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