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sábado, 10 de mayo de 2014

Lo que el viento no se llevó.

Se sentó en el borde del puente, apoyando la cabeza entre las barras de la barandilla. Parecía un pájaro enjaulado con la mirada perdida, vacía, en los coches que imitaban, mediocres, el ruido de las olas.
Me senté junto a ella y ella no dijo nada. No estaba triste, estaba pensativa, sumida en uno de esos mundos que ojalá pudiera yo ver. Que ojalá me dejara ver algún día.
Miré la carretera, por si de esa manera podía descubrir qué era lo que la mantenía tan distraída. Pero yo nunca fui muy imaginativo. Era complejo, pero no tanto. Así que lo único que veía eran luces, coches, ruidos de ruedas y la noche, que ya caía, porque eran más de las diez.
Pensé <<¿Qué ves tú en las autovías?>> sin llegar a hacerlo palabras.
Había tanta paz en ella que cualquiera le diría nada.
Entonces, entreabrió los labios, como queriendo pronunciar un testamento entero y no ser capaz ni de dar forma a la primera letra.
Era algo tan típico en ella que ya estaba acostumbrado. Demasiadas veces había visto la complejidad de sus silencios.
-Hace viento -dijo.
Seguía sin mirarme.
-Sí, hace viento -respondí.
Volvió a quedarse callada por un momento, y luego volvió a hablar bajito. Bajito, muy bajito, contando un secreto o teniendo miedo de su propia voz.
-¿De qué sirven las promesas?
Me encogí de hombros. No tenía una respuesta.
-No lo sé -improvisé-. ¿De qué sirve ir sin paraguas cuando llueve y empezar a correr? De nada. Absolutamente de nada.
Seguía callada, sin mirarme, pero sabía que me estaba escuchando. Siempre me escuchaba.
-A lo mejor en ese momento te hace gracia la idea de mojarte el pelo, pero luego al llegar a casa te das cuenta de que estás empapada, de que ir sin paraguas sonaba bien sólo en ese preciso instante, no después.
-Esa metáfora es un poco enrevesada -dijo.
Por fin sonreía, aunque fuese en una pequeña dosis.
-Ojalá fuese poeta -bromeé-. Lo que quiero decir es que hay cosas que salen por inercia, y en el momento de hacerlas te parece que tienen sentido.
-¿Aunque estén completamente vacías? -quiso saber.
-No tienen por qué estar vacías.
-Es vacío cuando dices ''te prometo que volveré a buscarte'' y nadie regresa. Es vacío porque sabes de sobra que no vas a hacerlo. Es como ver humo y decir que son nubes.
Suspiré con fuerza. No sabía rebatir ese argumento.
-¿Por eso te gustan los puentes?
Entonces, me miró.
-¿Por eso? ¿Qué es para ti ''eso''?
-¿Te gustan los puentes porque buscas que alguien te encuentre?
-A mí no tiene que encontrarme nadie -gruñó-. Ni que estuviera perdida.
-Oh, perdón, señorita ''autosuficiente'' -reí.
Ella sonrió en un suspiro.
-¿Entonces a qué viene esa filosofía tan profunda de las promesas? -pregunté.
Una vez más, dirigió su mirada a los coches (comenzaba a tenerles envidia), mientras balanceaba sus piernas sobre el vacío como una niña pequeña. Se la veía más animada, no sé muy bien por qué. Parecía que mis preguntas daban justo en el engranaje del motivo de sus historias, de sus mundos, de sus reflexiones.
-Quería saber qué se hace cuando prometes algo a alguien y luego te vas -confesó-. ¿Las promesas tienen fecha de caducidad?
Ella apoyó su mejilla en sus manos, mirándome. Empezaba a sentirme como una especie de profesor de la vida. Ni que yo tuviese todos los secretos del mundo.
-Todo tiene fecha de caducidad menos las promesas -expliqué-. Se quedan ahí para siempre esperando a que alguien las cumpla. No dependen del tiempo, dependen de las personas.
Continuó escuchándome, atenta.
-Las personas sí tienen fecha de caducidad y algunas de ellas nacen sin tener palabra. Eso es lo único que rompe una promesa.
Ella asintió.
-¿Entonces qué pasa con las promesas que se quedan suspendidas, ahí, en el aire? ¿Qué pasa cuando prometes algo a alguien que ahora ya no está? ¿Qué pasa con las promesas que se han quedado a medias?
-Que se las lleva el viento -respondí sin dudar.
Mi respuesta le impactó tanto que volvió a callarse, sellando sus labios, no sé si para siempre o hasta que se fuese a casa. No porque estuviera cansada, sino porque parecía decepcionada, golpeada metafóricamente por una realidad que ella barajaba, pero que nunca quiso que existiese de verdad.
-¿Y qué no se lleva el viento? -susurró.
Entonces, fui yo el que me quedé en silencio para no responder, hasta que cada uno nos marchásemos a nuestra casa.
Le aparté la mirada y me encogí de hombros.
-No sé -susurré.
Y no volví a hablar en toda la noche, porque cómo iba a decirle que lo único que no se lleva el tiempo es todo lo que no se dice.
Y todo lo que no se dice es precisamente lo que más quería decirle, y lo que menos era capaz de decir.


martes, 6 de mayo de 2014

Mareas.

A veces me siento sola, de ese tipo de sola que no termina de serlo porque en el fondo es una mentira piadosa. Porque en el fondo no me siento así. Es igual que tener ganas de comer y decir que se tiene hambre solo para hacerle una visita a la nevera.
Es una metáfora un poco fea, pero lo que quiero decir es que, a veces, estoy hecha de contradicciones.
A veces quiero justo lo que no quiero. Y a veces me siento sola cuando quiero estar sola.
Quizá lo único que me haga falta sea un buen tortazo no literal. Algo que desordene tanto mi desorden que acabe por ordenarse solo.
Pero es muy complicado encontrar tornados que no acaben por llevarse todos nuestros nudos mentales sin llevarnos a nosotros detrás, o con la fuerza justa como para poder deshacerlos. Por eso hay veces que sufrimos tantas bonitas catástrofes humanas buscando la estabilidad propia, que acabamos por convertirnos en un oleaje.
Un oleaje de contradicciones.
Eso es lo que soy.
Un oleaje de contracciones buscando una luna que lo calme.
Y en mi vida a todas horas parece ser de día.
Pero lo verdaderamente curioso es que acabo de terminar de escribir esto y ya no me siento sola. Qué cosas.

sábado, 3 de mayo de 2014

De cómo dejé de tener miedo a las tormentas.

Me dijo "si haces tanto ruido no me dejas escuchar", y acto seguido me hizo sentarme en el borde de la cama.
Le dije "me dan miedo los truenos, tengo que moverme", porque creía que abriendo y cerrando cajones fingiendo que buscaba un libro, dando portazos echándole la culpa al viento, o dejando caer mis bolígrafos al suelo, silenciaría una tormenta.
Me dijo "anda, quédate quieta y mira" y me llevó hasta la ventana mientras nos cubrían las cortinas como una tienda de campaña.
Me dijo "mira" y me agarró de la mano al mismo tiempo que se mojaban los cristales.
(Pero, cómo quería que mirase, si yo sólo era capaz de mirarle a él.)
Y miré entre la lluvia, y vi que las calles estaban vacías, que el cielo estaba gris y morado, que las aceras parecían uno de esos océanos que en Madrid ya no había, y que lo bonito de las tormentas era el silencio que causaban, y no el rugido de sus truenos.
Me dijo "¿Sigues teniendo miedo ahora?"
Y no supe cómo decirle que probablemente volvería a tenerlo si él se fuera y tuviera que mirar la lluvia sola.

miércoles, 30 de abril de 2014

Tal cual me dejaste.

En la mesita de noche tenía una lámpara blanca de encaje que no era antigua, pero lo parecía. Seguía estando sobre ella también el reloj de muñeca que te dejaste por error, y la cajita (ahora vacía) donde se suponía deberían estar tus lentillas.
La cama estaba perfectamente hecha, pero juraría que en tu lado aún podía verse la forma de tu cuerpo acurrucada junto a mis piernas. Y, bueno, aún jugaba a imaginar que las sábanas eran nuestro fuerte secreto. Allí donde nadie más podía entrar, ni siquiera el invierno, ahora tampoco entrábamos nosotros.
La pared seguía estando igual de fría que siempre, la ventana seguía teniendo esas cortinas, casi transparentes, que dejaban pasar la luz del día casi mejor de lo que dejaban pasar el viento que las bailaba; y los cajones seguían completamente llenos de tu ropa, llenos de ti. Tus camisetas seguían dobladas, porque creía que así a lo mejor vendrías a ponértelas de nuevo, y tus vaqueros favoritos (no muy distintos del resto) estaban igual de rotos.
Todo seguía estando tal cual lo dejaste, y yo no moví ni un ápice, porque creí que así, quizá, se pararían los relojes y dejarías de marcharte a cada minuto que marcaba tu reloj de muñeca. Como si el tiempo pudiera detenerse mientras se mantenga todo intacto.

jueves, 24 de abril de 2014

Inexplorada.

Tenía esa manera de comportarse que no puede tenerse dos veces en la vida, la manía de quedarse quieta cada vez que me acercaba a ella porque no estaba acostumbrada a que la distancia fuese milimétrica, en lugar de tener tendencia a las autovías. Cada vez que la cogía de la cintura se ponía rígida, inamovible, como una estatua, y tenía que hacerla venir si quería que de verdad viniera, en lugar de mirar cómo me miraba ella.
Tenía ese tipo de piel que sólo se puede tener una vez en la vida: impoluta y completamente libre de otra piel pasada. Ese tipo de piel que deja que unas manos afortunadas moldeen (hoy) lo que será ella al día siguiente, y le roben lo que no puede tenerse una vez que se pierde: la inocencia de no saber lo que es querer a alguien.

martes, 22 de abril de 2014

Evolución rebobinada.

Hoy no he venido aquí a escribir cosas metáforicas, o a hablar de mis "musos" (qué mal suena, Dios) o de las cosas que se me ocurren mientras me ducho o me aburro estudiando. He venido aquí a quejarme. A quejarme porque hasta ahora me he limitado a vivir pensando que me había tocado nacer en una sociedad desarrollada, libre de violencia o de guerra. Y 16 años después me encuentro con que no es así, con que la sociedad es una putísima mierda a juego con la desastrosa humanidad que la compone.
Desastrosa humanidad que no respeta el planeta, ni mucho menos a sí misma. Desastrosa humanidad cegada por la certeza de que el mañana será una replica del utópico hoy que creen vivir, cuando en realidad estamos más jodidos de lo que creemos. Ya no sólo porque a saber en cuestión de cuántos años los polos terminarán de derretirse o las abejas de morir, sino porque nos tomamos a risa cualquier advertencia o nos desentendemos de conflictos que no ocurren en nuestro país. Porque como no nos ocurre a nosotros, entonces no importa.
Miremos ahora más cerca, miremos Madrid, por ejemplo, que es la ciudad donde me ha tocado vivir por suerte o por desgracia. Niñas que desaparecen, chicas de mi edad que deberían estar en su habitación viciándose a series o escuchando su grupo favorito. ¿Y por qué ellas? Porque aún existe en esta sociedad la concepción de la mujer como algo débil, como algo que puede usarse cual objeto o muñeca hinchable. Aún hay gente que se queja cuando una mujer viste muy "destapada" o "provocativa", como si eso fuese una especie de pecado o cartel de neón que diga "Viólame". Pero óigame, ¿a usted qué coño le importa el largo de mi vestido?
Y es que aún siguen habiendo hombres que no tienen respeto por las mujeres, y mujeres que no se tienen respeto a sí mismas. Y seguirá siendo así mientras sea yo la que tenga que llegar más pronto a casa que mi hermano porque él no corre el mismo riesgo que yo en plena noche por mi barrio.
Me he ido por  los cerros de Úbeda, ya lo sé. Me he liado a hablar del Calentamiento Global y he acabado sacando mi lado más feminista. Pero el resumen viene a ser el mismo, que soy una chica de 16 años asqueada con una humanidad entera que, a día de hoy, continúa creyendo que hemos dejado de ser animales, cuando a medida que pasan las horas sigue demostrando lo contrario. Cuando un mundo sin guerras, ni violaciones, ni secuestros se sigue considerando utópico a pesar de que debería ser la realidad.
Esto, señoras y señores, es el siglo XXI.

sábado, 19 de abril de 2014

Continentes que contienen lo que yo no tengo.

Recuerdo aquella vez que fui a Francia y me di cuenta de que no me gustaba. Me agobiaba que estuviera tan llena, que fuese tan bonita que estuviese casi obligada a enamorarme de sus edificios. No me gustaba París, mucho menos Francia. Y quizá entonces debí saber que era algo extraño, que casi todo el mundo sueña con esa ciudad, pero yo no. Puede que eso fuese una metáfora de lo poco que me gustan las ciudades estipuladas para escapar, las ciudades grandes de las que cualquier persona (o al menos la mayoría) tiene un póster en su habitación que mira cada vez que busca algo que le quite las ganas de pegarse un tiro.
Pongamos Madrid, Barcelona. Pongamos Londres o Roma. Pongamos cualquier ciudad grande para así poder decir que lo que todas tienen en común es que ninguna de ellas me hace sentir libre, que veo barrotes en todos sus edificios, que veo sólo rostros donde debería haber personas. Pongamos Madrid, pongamos mi casa, pongamos mi calle, pongamos mi ventana. Todas ellas barrotes, todas ellas nada.
Y es que cada vez que veo un pájaro esconderse entre las nubes, me pregunto si ellos también se sentirán libres o si el mundo entero es una jaula porque es tan amplio que es imposible recorrerlo de un continente a otro, o huir de él.
¿Saben los pájaros volar o es como quien camina de una acera a otra sin destino aparente?
Yo recuerdo aquella vez que fui a Francia, y aquella vez que fui a Barcelona, y a Torrevieja y a Asturias, y a Extremadura, y ninguna de esas veces me sentí menos encerrada que cuando estaba contigo. Y ninguna de esas veces me sentí menos libre que cuando te tenia lejos y sólo me quedaba soñar con ser un pájaro y poder decir que al menos mi jaula era real, y que al menos mi jaula no llevaba tu nombre.
Porque nadie es plenamente libre, porque ni los pájaros tienen un lugar al que llamar hogar. Permanente, que no se esfume. Porque ni los pájaros pueden volar eternamente y ni los pájaros tienen a alguien que les arrope mejor de lo que tú me arropas a mí.
Porque la única manera que existe de escapar es estando contigo y la única manera que tengo de estar contigo es escapar.