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jueves, 20 de marzo de 2014

Y para ti.

Son las dos de la madrugada, y me gustaría poder decir que puedo verte dormir desde mi lado de la cama. Que pareces un ángel con los ojos tan cerrados y respirando casi tan despacio como respiro yo cada vez que te veo a ti.
Me gustaría poder decir que sigues aquí, pero no puedo.
Por eso me despido en un papel y no con una nota escrita con pintalabios en el espejo del baño, o dejándote esta misma carta justo debajo de tu almohada. Porque no estás.
Y es que en estos dos años todo ha sido eso, querer decirte lo que no digo y acabar diciendo lo que no quiero. Ya sabes cómo soy, un completo desastre que no fuiste capaz de ordenar (ni tú ni nadie).
Un desastre que ahora se va, con las maletas sin hacer porque no las necesita.
Te he dejado toda mi ropa en el armario por si quieres regalársela a la próxima chica que decidas querer en lugar de a mí, y en el segundo cajón de tu mesita tienes mi libro favorito, por si te da por querer saber a qué mundos escapo por las noches.
Que no se te olvide que también te he dejado mi perfume en alguna que otra sábana que tú nunca llegaste a compartir conmigo, porque siempre fuiste más de usar las de ella; y que mi película favorita aún sigue puesta en el vídeo, así que sácala y quémala si quieres, antes de que Amélie decida parecerse demasiado a mí y te haga creer que aún sigo durmiendo contigo.

Y si algún día te preguntas si alguna vez te quise
busca alguno de mis textos
y verás
que todos hablan
                                                                 de ti.


domingo, 16 de marzo de 2014

Pero no estás.

El otro día soñé contigo, otra vez. Pero no aparecías. Quiero decir, eras tú, pero no estabas. Era yo la que salía enviándote una carta.
No sé qué decía, si te pedía que volvieses o que no regresaras nunca. Si te enviaba una fotografía entera o hecha pedazos.
Recuerdo, sin embargo, que sentía lo mismo que siento cada vez que suena tu grupo favorito en la radio y me giro para mirar a un espacio vacío en el que deberías estar tú y tus ojos brillando.
Entonces, si estuvieses, te levantarías, y me cogerías de la mano, y me obligarías a dar vueltas por la habitación hasta acabar totalmente mareados.
Pero no estás.
Por eso sentía lo mismo que siento cada vez que veo una película y no te veo a ti, o cada vez que no encuentro el puto mando de la tele.
O cada vez que hace demasiado frío y tengo las manos demasiados frías y ni un sólo estúpido guante.
O cuando voy en autobús y creo verte en todos los parques rodeándole la cintura a ella en lugar de rodeármela a mí.
Sentía justamente eso, que te echaba en falta.
Pero al mismo tiempo, cuando me vi sentada escribiéndote de nuevo, quise hacer que mi bolígrafo dejase de escribir aquella carta.
Porque bien sabemos tú y yo que si no estás es porque en realidad nunca estuviste conmigo, de la manera en que una persona se ata a otra hasta el punto de romperse si una de las dos se suelta.

sábado, 15 de marzo de 2014

Por qué decidí volverme una insensible a los 16 años y 10 meses.

He llegado a una estúpida edad en la que a veces pasa que hay quien idolatra el amor como si fuese una religión. Los he visto incluso decir ''Tengo mis dudas, necesito pensar. Estoy pasando por una crisis'' como si Cupido de verdad existiese y no terminaran de creer si sus flechas son de plástico o si es bizco y eso le impidiese apuntar bien.
Menuda idiotez, ¿no?
Sin embargo, hay otras personas (más imbéciles aún) que también idolatran el amor, pero de una manera más ciega. Los pobres ignorantes se creen que viven en una película de éstas que ponen los domingos y que no ve nadie porque dan ganas de vomitar de lo malas que son.
Piensan ''Oh, algún día vendrá mi media naranja y seremos felices, y tendremos hijos, y viviremos en un pisito adosado y jugaremos al cluedo todos juntos los sábados como en los anuncios de la tele''. Por favor.
Estos últimos son casi peores. Estos últimos viven por y para encontrar al individuo perfecto para crear descendencia. Y claro, para ello visualizan un concepto de ''perfecta mujer'' o ''perfecto hombre'' que cumple una serie de características. Dicen ''Tiene que escuchar mi misma música, ver mis mismas películas, haber leído mi libro favorito, comer y desayunar lo mismo que yo, respirar las mismas veces que respiran mis pulmones y bombear sangre a mi compás''.
Dios santo, así les pasa luego, que encuentran a alguien medianamente acorde a sus estereotipos y acaban perdiendo el culo. Se fijan simplemente en las características que cumplen y pasan por alto que son unos capullos o unas subnormales.
Así que, tenemos dos tipos de personas que, aunque son casi contrarias, dan igual importancia al hecho de enamorarse. Como si eso fuese algo prioritario, necesario. Como si hubiéramos nacido exclusivamente para eso, y no casarse fuera sinónimo de ser un fracaso. Por tanto no es de extrañar que hoy en día el amor no exista, si nadie tiene ni puta idea de qué es.
Yo tampoco sé qué es el amor, no tengo ni la menor idea y probablemente sea la persona menos adecuada para ponerme a definirlo. Pero la verdad es que tengo claro qué no es el amor.
El amor no es encontrarlo a la vuelta de la esquina, ni casarte con él, ni ser igual que él, ni depender de él, ni ser feliz por él. El amor no es algo prioritario, el amor es secundario, un complemento adicional sin el que se puede vivir perfectamente.
Y ese es el problema, que vivimos en una sociedad mediocre donde la gente ha sido educada para pensar que para triunfar hay que casarse y tener hijos, como si eso fuese el amor.
Nos hemos cargado el amor, lo hemos idealizado tanto que ya no tiene importancia y cualquiera que sienta nervios en el estómago se cree que ha encontrado a su Romeo o a su Julieta.
Nos hemos cargado tanto el amor, que hemos creado uno totalmente nuevo basado en el tópico de la necesidad y la perfección, al mismo tiempo que lo menospreciamos como si fuese algo fácil de encontrar.
Un nuevo amor de plástico del que yo me considero atea.

jueves, 13 de marzo de 2014

Mentirte la verdad.

Estabas tan diferente cuando me preguntaste desde aquella mesa, de aquel café, que qué había sido de mi vida todo este tiempo.
Casi tan diferente, como lo que dije y lo que quise decir.
Pero cómo decirte que
me he follado a medio Madrid
para ver si te encontraba a ti
en una de esas camas.
Que cada vez
que se escapaba un tren
soñaba con escaparme yo con él
por si acaso me estabas esperando
en una de sus paradas.
Cómo decirte que
miraba a luna como
si eso fuera mirarte a ti
a los ojos
como solías mirarme
cada noche
antes
de quitarme
la ropa.
Cómo decirte que eres jodidamente
dañino
y que desearía que
no me hubieras hecho añicos
de la misma manera
que te hizo añicos ella a ti.
Cómo decirte que estaba enamorada
de ti
cuando es mucho más fácil decir que todo me ha ido bien, que he querido a otras personas, y que volveremos a vernos otra vez.
Aunque todo eso sea mentira.

viernes, 7 de marzo de 2014

21 de Marzo.

23:00
Ayer el cielo estaba gris, porque te fuiste. Y los pájaros ya no cantaban porque sin ti no sabían cómo seguir el ritmo, después de que el invierno que dejaste les dejase completamente mudos.
Mis manos ya no son mis manos, ahora están casi tan frías como el hueco de mi cama que ya no ocupa nadie, ni nadie ocupa tampoco el hueco de mis manos. Porque ahora que no puedo rozarte con mis propios dedos, ya no los siento.
Al igual que no siento los golpes del viento que te olvidaste llevar junto con las palabras que nunca me atreví a decir(te).
Y es que ahora preguntas por Enero, y todos sus sinónimos llevan a mi nombre y se alejan del verano.

00:00
Ayer las flores volvieron a salir, porque te fuiste. Y los pájaros seguían cantando porque sin ti, nada había cambiado. Mis manos, seguían siendo mis manos. Capaces de seguir sintiendo cada ola del océano de sábanas que cubría lo fríos que siempre han estado mis dedos. Porque ahora que no puedo rozarte, no siento la necesidad de hacerlo.
Al igual que no siento que te hayas ido llevándote contigo el mismo viento que se llevaba la voz que nunca me atreví a dejar libre.
Y es que le pregunté a la primavera por ti, y me respondió que ninguna flor lleva a tu nombre.
Ni tú fuiste capaz nunca de llevarme un ramo de flores.

domingo, 2 de marzo de 2014

Querido Casper:

He intentado escribirte de todas las maneras posibles: en poesía, en historias, en cuentos infantiles donde tú eras el monstruo benévolo que comía galletas, o incluso en cartas como esta que en lugar de acabar en un buzón, terminaron medio quemadas en el fregadero de mi cocina. Y he intentado escribirte, precisamente, porque es la única manera que conozco de controlar las palabras.
(Porque bien sabes que mi voz aún no termina de hacerme mucho caso, y me desobedece cada vez que le pido que se calle).
Así que déjame decirte, ahora que tengo domesticado a mi bolígrafo, que esta es la cuarta carta que te escribo, y que muy probablemente habrá una quinta. Déjame decirte todo lo que yo no me dejé decirte.
<<¿Y qué quieres decirme?>> preguntas.
Pues quiero decirte.
Quiero decirte.
Describirte como se describe a una persona idealizada. Gritarte, si hace falta, que eres la tormenta más perfecta que se ha atrevido a despeinarme, y la calma de mis propios diluvios.
Quiero hacerle ver al mundo que eres las golondrinas de Bécquer y los caminos que nunca recorrió Machado. Y que si tú ríes, la primavera se detiene al compás del estremecimiento de tus hombros para ver, ensimismada, lo bonitos que son tus hoyuelos.
Quiero decirte, hacerte metáfora. Hacerte ver que eres la razón por la que me vuelvo completamente loca en un mundo de cuerdos.
(Pero, ¿qué es un mundo de cuerdos sin locos con el corazón roto?)
Pero, dime, ¿qué es un mundo sin ti?
Te escribo, para decirte. Simplemente decirte.
Y hacerte saber, de paso, que eres la decepción más bonita que ha pasado por mis poemas.
Así que ahora déjame que me marche
y si algún día vuelvo a verte
entonces
dime
si alguna vez te levantaste
echándome de menos.
                                                                                                   Casi siempre tuya,                                                                                                                                         Lorraine
                                     

sábado, 1 de marzo de 2014

Utopía.

A veces, muchas veces, he mirado por la ventana como se miran los barrotes de una celda, y me he imaginado que habían pasado ya dos o tres años y que podía ir por fin a cualquier sitio. Me he imaginado cogiendo un tren o un autobús, con una maleta casi llena y el mar esperándome en una estación incierta.
He dibujado en el aire todas las fotografías que podría tomarte si tú me dejaras. Las cartas que podría escribirte si aún siguieran enviándose cartas. O las canciones que te cantaría cuando no pudieses dormir.
A veces, muchas veces, he abierto la puerta y he soñado con dejarla cerrada para siempre, con escaparme a una estación de tren y viajar sin saber a dónde.
Pero todas esas imaginaciones, sueños, o incluso deseos, se quedan simplemente en eso: en imaginaciones, sueños, o incluso deseos.
Siempre he tenido que correr la cortina porque aún seguía siendo demasiado pequeña y no podía ir a cualquier sitio, ni tampoco coger un tren o un autobús porque me caería una bronca de campeonato si mis padres se diesen cuenta de que he ido a la playa y vuelto en un mismo día.
He borrado del aire que me falta todas las fotografías que nunca llegaré a tomarte, porque nunca me dejarás tomarlas. El bolígrafo no termina de hacerme caso cada vez que le pido que te escriba, y ni la voz me responde cuando intento cantarte una nana.
He tenido que abrir la puerta y volverla a cerrar todas las mañanas, para después volver a abrirla al regresar a casa, porque no tuve ni el valor ni la posibilidad de dejar que un tren me llevase.
Siempre he tenido que ver cómo la realidad me daba un bofetón en toda la cara y me decía: <<El mundo con el que sueñas no es real. Nada de lo que deseas lo será jamás>>.
Y lo triste es, que ese monstruo oscuro que algunos llaman mundo, tiene razón.
Imagino demasiado, sueño demasiado. Me paso los días dejándolos pasar porque todo lo que quiero está escondido en un verano que aún no ha llegado ni llegará hasta que sea mayor.
Salgo de casa, vuelvo a casa. Estudio, duermo, ceno. Veo las mismas caras de siempre y las mismas decepciones, agobios y amarguras de siempre.
Recorro el mismo camino de cada mañana: todo recto, luego a la derecha y todo recto otra vez, izquierda, recto, derecha, recto y recto hasta que ¡he llegado a mi destino!
Seis horas después es el mismo recorrido, pero al revés.
Y al final del día me doy cuenta de que lo único que he hecho ha sido dejar pasar las horas imaginándome lejos. Imaginándome que las cosas cambian. Que mi vida cambia. Que me levanto una mañana y existe alguien, no hecho para mí como en esas estúpidas novelas, sino más bien alguien que me hace sentir que sentimos a partes iguales.
Pero, no me malinterpretes, no es que quiera o necesite a alguien que me quiera o necesite. Es que son casi las dos de la madrugada y no entiendo por qué me siento tan sumamente sola. Tan sumamente... inquerible en el sentido en que se quiere a una persona a la que no eres capaz de colgar el teléfono.
A veces, muchas veces, me cuestiono seriamente si es posible que algún gilipollas se enamore de mí, en lugar de pasarme la vida imaginando escenarios que nunca llegarán a cumplirse.