Seguidores

lunes, 11 de noviembre de 2013

Lunes de Domingo.

Me apetece mirar el techo contigo. O las nubes grises de tormenta mientras cae la lluvia. Me apetece, no sé, dar una vuelta contigo, dormir contigo, comer contigo, crecer contigo.
Contigo. Siempre contigo.
Me apetece, simplemente me apetece.
Me apetece que estemos juntos pero,
rara vez coincidimos en que nos apetezca lo mismo.
Y hoy, no será la excepción que confirme la regla,
del ir cuando tú ya has vuelto
y del venir cuando yo aún no sé en qué camino me he perdido.
Y es que de tanto buscarte, al final acabaré por encontrarte
cuando a ti menos te apetezca.
Aunque a mí siempre me apetecerá estar contigo,
por mucho que a ti no se te antoje
estar conmigo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Historia de un triángulo y sus vértices.

Quizás él ahora tome café porque a ella siempre le apasionaron los sabores fuertes, como cuando mezclas cualquier cosa con un exceso de canela.
Puede, también, que a él ahora le guste el deporte porque ella es una de esas chicas que finge ser aficionada al fútbol para ser diferente, y pobrecito él, que no sabe diferenciar la verdad de cuando le mienten.
Y yo, que nunca fui de las que saben adaptarse, quizás no encaje contigo.
Quizás no sé evadirme del mundo como tú lo haces, o como lo hace ella, porque mi burbuja ya está rota y no hay manera de recomponerla.
Puede, también, que no sepa decir lo que llevo dentro, y que si lo hago es escribiendo historias que tú nunca vas a leer.
Y es que tienes razón, yo no tomo café por las mañanas ni vivo en una realidad distinta.
Pero puede, quizás, que tampoco sea como tú me ves,
porque la verdad es que ella no te deja verme.
Quizás él ahora mira el mundo con unos ojos tristes, y ella mira el mundo, sin más.
Y mientras yo te miro a ti (como una idiota, sí), siempre guardiana de tus lágrimas.

martes, 5 de noviembre de 2013

Eres tú si hay viento.

El otro fui a verte, aunque tú ya lo supieras sin siquiera verme. Echaba de menos el mármol de tu piel, tan gris como las nubes. Sí, esas que tanto me gustaban. Estabas demasiado fría, más de lo que recordaba, pero al menos ya no tenías ese halo de tristeza que solía rodearte, consumiéndote, como queriendo dejarte en nada. Como queriendo que fueras sólo una estructura de cristal blanca.
Tenía muchas cosas que contarte, que pedirte. Quizás tú ya no podías oírme, a lo mejor estabas demasiado dormida como para saber que eran mis palabras, y no el viento, las que mecían tu pelo negro.
Tenía que pedirte ayuda, que decirte que necesito que vuelvas a ser mi salvavidas. Necesitaba que supieses lo alto que es mi precipicio y la poca fuerza que tienen mis piernas para poder saltarlo.
Que me veo cayendo al vacío, sin siquiera rozar el otro lado.
Y que tú, desde que te fuiste, te llevaste contigo mis alas.

El otro día fui a verte.
Y por un momento creí que eras tú y no el viento
el que mecía mi pelo castaño,
y que el mármol que te cubría dejaba de ser mármol,
para ser tu mano.

viernes, 1 de noviembre de 2013

La gota que colmó tres vasos.

Algún día mirarás la puerta, y tendrás que darte la vuelta porque
dudarás de si ha entrado alguien o soy yo que al irme
la he dejado completamente abierta.
Y volverás a mirar el lado opuesto de tu cama,
porque estabas tan ciego que ni eso fuiste capaz de ver
al levantarte esa misma mañana.
Y mirarás y no estaré.
Y recorrerás toda la casa y no estaré
ni yo ni mi maleta.
Quizás entonces creas que estoy loca,
que soy yo la que abandona en lugar de
dejarte aunque sea una nota.
Creerás que soy yo la que traiciona pero,
estarás tan ciego que ni te darás cuenta
de que el primero en irte fuiste tú,
aunque de manera metafórica.
Algún día no estaré, te lo prometo.
Pero si me voy no será mi culpa:
será la tuya.
Ni tampoco dejaré la puerta abierta,
porque si me voy, no querré que vuelvas.


martes, 29 de octubre de 2013

Perdóname por haberte perdido.

A veces, pasa, que cuando corremos al son de las agujas del reloj no nos damos cuenta de hacia dónde estamos yendo. Nos centramos en lo que tenemos delante pero por un momento olvidamos lo que estamos dejando atrás.
Hacemos juramentos y nos prometemos a nosotros mismos convertirnos en una versión mejorada de nuestro yo de hace tres años. Alguien que haga a alguien arrepentirse de habernos perdido, alguien que haga a alguien ver que somos diferentes o que valemos el doble que esas personas por las que nos han sustituido.
Y entonces, pasa, que de tanto mejorarnos acabamos por destrozar todo el mecanismo.
Y evolucionamos mientras seguimos persiguiendo una meta de vapor, hasta el punto de que cuando quieres pararte ya no eres tú. Ya no te reconoces.
Te miras al espejo y ves los mismos ojos de siempre, la misma mirada si has tenido un poco de suerte, pero no la misma persona.
Y quizás no seamos nosotros o no seas tú el que no conozca a su reflejo, quizás soy yo la que no consigue hacerlo.
Quizás he querido superarme tanto que he olvidado quién soy, que he dejado de lado a mi versión de catorce años, o de quince.
Puede, que quizás nunca haya sabido quién soy. Y que sólo ahora que me echo de menos, me arrepiento de haberme dejado atrás cuando más necesitaba tenerme a mi lado.

viernes, 25 de octubre de 2013

Un ramo de Anthemis arvensis hecho palabras.

Hoy el día estaba gris. Estaba gris, sí, y triste. También por ti. Y a pesar de que yo siempre fui de las que se decepcionaban al abrir la ventana y ver un sol más brillante que cualquier gota de lluvia en un charco, hoy, no quería que lloviese.
No eran color tormenta las nubes, ni sonaban igual los truenos golpeando los cristales. No, esta vez no era una orquesta, era un llanto.
Y quién no va a llorar un día como hoy, si hoy era tu día y tú eres la única persona que falta.
Quién no va a llorar, si sea 25 o 24 se nota más tu ausencia que un bache en el asfalto.
Quién no va a llorar. Quién.
Si el tiempo pasa tan deprisa, que parece mentira que me haya hecho falta escribir la fecha en un cuaderno para darme cuenta de que eras tú la que fingía ser viento por las mañanas con tal de acariciar mi pelo.
Y aún así, no quise aceptar que ya volvía a ser hoy, que tú habías vuelto, tristemente, de manera metafórica.
Igual de metafórica que esto que te escribo, en un último intento de que salgas de la retórica y regreses, una vez más, para estar conmigo.

martes, 22 de octubre de 2013

Lo que esconde una Siempreviva.

-No puedes simplemente renegarme, negarte a mirarme a los ojos, salir huyendo porque no tienen la misma seguridad de antes, porque antes esa seguridad no existía - digo, por primera vez desde que volviste a cruzar aquella puerta.
-Has cambiado - dices, mientras meneas la cabeza y me escrutas de arriba a abajo con desprecio.
Y yo, no respondo. Sólo te sonrío de esa única manera que sé: queriendo decir todo con sólo arquear mis labios.
Que he cambiado dices, que no soy la misma.
Pues claro que no.
Oh, quizás esperabas encontrarte con aquella niña asustadiza que no era capaz de cruzar la calle sin agarrarte de la mano. Sí, esa que podías controlar con un sólo roce en su muñeca. Esa que era una muñeca.
Pues claro que no.
Cómo esperas que siga echándome a temblar cada vez que pienso en estar sola, si no conozco sus antónimos desde que supe tu nombre. Cómo quieres que siga siendo igual de ingenua que por aquel entonces, si de tanto confiar en palabras vacías ya no sé diferenciar cuáles están llenas de verdad.
Cómo.
Cómo quieres que siga siendo la misma persona, si tú fuiste quien me dejó completamente rota. Cómo. Si los pedacitos que se destrozan jamás vuelven a cobrar su forma, por mucho que se recompongan.
Cómo, dime cómo esperas poder tener el derecho de decir que la verdadera yo está muerta, si fuiste tú quien me dio la pistola.
Aunque sea cierto que fui yo la que disparó las balas.
-Que he cambiado, dices - repito, en voz alta -, que me has cambiado, di mejor.
Y esta vez no soy yo la que calla. Eres tú.
Porque sabes que has provocado este desastre.
Porque me tienes pánico, ahora que somos completamente iguales.
Y es que ya no existe ingenuidad en este mundo de locos, tan mal llamado nuestro.
O quizá sea que estamos demasiado ciegos para ver, que en realidad ocultamos lo que somos tras una máscara de seguridad falsa.
Como esa que llevas puesta ahora mismo a juego con la mía.