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sábado, 11 de mayo de 2013

Cuando tu fuego pasa de darme calor, a quemarme.

A medida que voy conociendo gente, me doy cuenta de que será difícil volver a encontrar alguien como tú. Tus manías, tu forma de ser... eso nadie lo tiene. Créeme que he buscado por cada rincón de esta estúpida ciudad y no he sido capaz de encontrar ni a una sola persona que se te parezca, ni siquiera en el blanco de los ojos. Es entonces cuando tengo la certeza de que me costará más de lo que creía olvidarme de ti sin usar el comodín del sustituto.
Maldita personalidad la tuya, que sin ser tan perfecta como creía, me tiene obsesionada; maldito tú por no agarrarme del brazo cuando dije aquel fatídico <<Adiós>>, y maldita yo por ser tan estúpida como para no querer olvidarte.
Ahora dime, ¿ves en ella lo que veías en mi? 
Sí, por supuesto que lo ves.
Supongo que tú tuviste más fuerza para olvidar porque fuiste el que menos fuerza para querer tuvo.
Es... triste, ¿no crees? El hecho de que no quiera ser feliz con otra persona, que vea a las demás como simples clones llenos de taras, y que para mi sigas siendo el único. Es triste aferrarse a algo que ya no existe.
Aunque quizás nunca existió de verdad, y eso añade más acritud al asunto.
Deséame suerte al menos, la voy a necesitar, aún me queda toda una vida por delante sin ti. Y eso, es peor que cualquier infierno post-mortem. Es un infierno de recuerdos, que poco a poco me quema por dentro, del cual ni tú ni nadie va a ser capaz de salvarme.
Ni siquiera yo misma.

martes, 7 de mayo de 2013

¿Y tú en qué mundo vives?

Realidad. Estúpidas ocho letras que nos alejan de lo que verdaderamente queremos. Admitámoslo, ¿a quién le gusta? A nadie, ni siquiera los enamorados están conformes con ella. El tiempo les tiene limitados.
Odiamos tanto ese ir y venir de días, que huimos de ella creando mundos paralelos. Mundos particulares que nadie más puede colonizar. 
Hay tantos mundos como personas caminan sobre la tierra. Tantos, que no existen dos iguales.
Existen algunos pequeños, donde solo cabe un habitante real de verdad. Dicho habitante vive rodeado de otros que aún no existen, pero que le gustaría conocer algún día. Esto es el conocido sueño que todos tenemos de la vida que nos encantaría vivir en un futuro.
Otros son más grandes, y en él caben tantas personas como se quiera. Personas que vemos día a día, que podríamos tocar si quisiéramos, pero que la falta de valor nos impide hacerlo. Aquí es donde la mayoría de soñadores felices se refugian, en un entorno paralelo donde encuentran toda la valentía que no tienen. Aunque puede que este solo sea un escondite para cobardes que no se atreven a hacer de su realidad el mundo que tanto anhelan.
Mundos de cristal que creamos solo para evadirnos cuando nos aburrimos, mundos más fuertes en los que ni siquiera nosotros mismos somos capaces de entrar, porque lo que hay en ellos son nuestros más profundos miedos; mundos abandonados a los que su dueño dejó de hacer caso porque su día a día se convirtió en un lugar mejor del que soñaba. 
Mundos, mundos y más mundos.
Mi mundo.
Un lugar pequeño rodeado de murallas demasiado altas como para escalarlas, que evitan que el agua del mar se escape entre ellas. Y a unos metros de la orilla, un pequeño ático donde vivo con un gato y una cámara vieja.
En mi mundo casi siempre llueve, y las gotas de lluvia nos empapan las mejillas mientras reímos sin preocuparnos por estropearnos la ropa.
Ah, ya te has dado cuenta: no estoy sola.
En mi mundo estás conmigo, sigues teniendo esa sonrisa que tanto me gusta, y tu mano nunca deja de perder la fuerza suficiente para evitar que me caiga. Aquí somos felices, no tenemos que temer al mañana que quizás nos separe, no tenemos que intentar parar las agujas del reloj porque no hay tiempo. No lo necesitamos.
En mi mundo no existen las despedidas, nadie se va, pero nadie llega. Incluso las personas que se fueron vuelven a la vida aquí, sin importar que en la realidad sus huesos ya estén desgastados. 
En mi mundo me quieres y te quiero. Cumplimos las promesas que dejamos a medias ahí afuera y creamos otras nuevas sin miedo a romperlas.
Viviría aquí si pudiera, pero no sería lo mismo.
Quizás ese sea el problema de los mundos: que no son reales.
Puedes crear tantos como quieras, pero ninguno de ellos llenará el vacío que tanto daño te hace. Porque la verdadera felicidad se encuentra cuando nuestros sueños se convierten en la realidad que compartimos.

lunes, 6 de mayo de 2013

Maldita realidad que nos mantiene separados.

Ahora que estoy en mi habitación, recuerdo aquella vez que dijiste que nunca más estaría sola, que te quedarías y no tendría que llorar más. ¿No es triste que ahora vuelva a estar sin nadie y con las mejillas mojadas, por tu culpa?
No importa, nunca creí que de verdad fueras a quedarte, pero hubiera sido bonito que aquel día no estuvieras solo exagerando el tiempo que realmente ibas a permanecer conmigo. Aunque fuese solo para hacerme sentir mejor.
Hubiera sido bonito que en lugar de estar sentada, escribiendo esto, estuviese tumbada contigo, contándonos historias o simplemente durmiendo. Pero esa no es la realidad.
Y por eso la odio tanto, porque no estás en ella.
Desearía revivir en bucle las tardes que pasamos juntos, sin importarme que al final de cada circuito de recuerdos fuese yo siempre la que acabase destrozada, mientras tú eres feliz con otra persona. De verdad que lo haría a pesar de todo.
Supongo que eso demuestra que yo nunca exagero un 'te quiero', supongo que eso demuestra que yo aún sigo estancada en un 'adiós' que me hubiera gustado no tener necesidad de decir.

Un sueño hecho de sal y agua.

No podía creerlo, por fin había llegado. Aquello que tenía frente a ella, era por lo que había estado luchando todos estos años, levantándose cada mañana solo porque tenía la certeza de que algún día vería con sus propios ojos eso que ahora tenía delante.
¿Era un sueño? El temblor de sus piernas y las ganas de llorar le indicaban lo contrario.
Pero ahora que sus sueños se había materializado tenía miedo.
Había vivido hasta aquel día con la única esperanza de llegar ahí. Vivía por y para aquel lugar, así que ahora que había ganado la batalla contra el tiempo y la imposibilidad, ¿qué le quedaba? ¿ahora para qué viviría?
No lo sabía, no tenía ni la menor idea. Supo entonces que se nos prepara para luchar por lo que queremos, pero nadie nos dice qué hacer si lo conseguimos.
-Disculpe, ¿va a pagarme? - la voz del taxista hizo que todos sus temores se disiparan.
Abrió el monedero y le extendió al hombre un billete, no le pidió el cambio porque sabía que era poco, y estaba tan feliz que no le importaba perder algún que otro céntimo.
Esperó a que el coche arrancara, y cuando lo vio desaparecer por entre unos edificios, solo entonces, bajó las escaleras de piedra una por una, sin prisa, ya no había prisa.
En el último escalón se detuvo para quitarse los zapatos e inspirar hondo. Irguió la cabeza y con los ojos perdidos en el horizonte que tenía a escasos metros mezclados con arena y agua, dio el primer paso hacia su felicidad.
Hundió los dedos en la arena y cerró los ojos. Quiso llorar, pero esta vez no era a causa de la tristeza. Se convenció a sí misma de seguir adelante sin importar qué.
Paso a paso, respiración a respiración, pestañeo a pestañeo, estaba cada vez más cerca de él.
Y, después de unos segundos, llegó.
Sus pies empezaron a mojarse al compás de las olas, que parecían cantarle como si hubieran estado esperándola desde hacía ya mucho tiempo, y se alegraran tanto como ella de por fin volver a verse.
Entonces, se derrumbó.
Cayó de rodillas al suelo, con su cuidado vestido empapándose con el agua, a la vez que sus mejillas se empapaban con sus lágrimas.
Lloró como una niña pequeña, sus gritos podrían haberse oído a kilómetros de distancia. Se alegró por primera vez en su vida de que nunca nadie fuera capaz de escucharla cuando más lo necesitaba.
Cuando creyó que no le quedaba más rabia que dejar salir, ni más aliento que derrochar, miró al frente con la mirada perdida.
Era tan bonito, tan... lleno de vida. Quiso poder entrar y hundirse en él para siempre, llegar andando hasta el horizonte, ese horizonte que no existe pero que aún así creemos ver. Le hubiera gustado ser un pez y poder pasar el resto de su vida bajo ese mundo paralelo.
Pero su mundo, el que tan poco le gustaba, se encontraba rodeado de aire en lugar de agua.
No le importó que fuera invierno y que sus rodillas estuvieran ahora temblando por el frío en lugar de por los nervios. Se quedó un rato mirando el mar, mirando su sueño. Y se dio cuenta de que ahora, después de 12 años esperando ese momento, era feliz, porque había conseguido llegar por sí misma a la ciudad que tantos recuerdos tenía unida, aunque la mayoría de ellos siguieran quemándola por dentro.
Le daba igual estar a escasos kilómetros de la persona que más odiaba y quería al mismo tiempo. Le daba igual. Porque ahora era su turno de poner las cosas en su sitio.

domingo, 5 de mayo de 2013

Te reto a que seas capaz de definirme.

¿Que quién soy? Pues no lo sé, no tengo ni la menor idea, pero, ¿acaso alguien lo sabe?
No eres tu nombre ni los apellidos que lo acompañan, eso son solo sustantivos que tus padres escogieron para poder diferenciarte de tus hermanos, o de otras personas; así que si te preguntan quién eres, no vale responder ''soy Verónica'', ''soy Andrés'', ''soy María'' o ''Soy Jorge'', porque no eres esa combinación aleatoria de letras.
Tampoco está permitido contestar con ''soy una chica'' o ''soy la hija de mis padres, la hermana de mis hermanos'' porque no eres la única persona que nació con genes femeninos, y probablemente no eres la única descendencia de tus padres, y si lo eres, podrías perfectamente tener un hermano si tu madre y tu padre quisieran. De modo que lo siento, pero ni tu género ni tu árbol genealógico te definen completamente.
Una vez aclarados estos puntos, retomemos el principio de la cuestión: ¿quién soy?
Ya te lo dije, no lo sé, pero quizás si te dijera algo sobre mi te ayudaría un poco a ponerme forma y silueta, y a verme más como una persona, en lugar de como alguien anónimo que ha escrito este texto porque una tarde de domingo cualquiera se aburría tumbada en la cama sin otra cosa que hacer. Por tanto, allá vamos:
Mi película favorita es Amélie, porque me identifico demasiado con ella, y el libro que más me marcó aún no lo he leído, o puede que lo haya hecho, pero otras páginas lo hayan eclipsado.
Me gustan los días grises, me animan más que un día cualquiera de sol y nubes blancas de algodón. Tanto es así que no me importaría tener a alguien con quien mojarme, sin tener miedo de coger una pulmonía o de estropearme el pelo. Supongo que teniendo a alguien los riesgos no existen (al menos no somos capaces de verlos).
No te diré cuál es mi mayor sueño, a día de hoy es lo único que me sigue causando mariposas en el estómago, haciéndome ver el futuro de forma menos insustancial. No te lo diré, simplemente, porque no sé si dentro de dos meses, dos años, o incluso dos días, seguirá siendo el mismo. Está demasiado ligado a personas que se han ido y, al igual que esas personas, tengo miedo de verlo desvanecerse por mucho que no quiera. Solo dejaré caer que me encantaría vivir al lado del mar, aunque no tuviera absolutamente a nadie con quien ver el ir y venir de las olas.
Tampoco haré alusión a mis grupos favoritos por la misma razón: hoy puedo estar escuchando The Kooks, y mañana Daughter. Escucho la música que me hace sentir viva en ese preciso momento.
Odio el número 13 porque en ese mismo día de diferentes meses sucedieron los dos hechos que me han hecho ser quien soy ahora.
Desearía que un 13 de Noviembre, o un 13 de Febrero no hubieran sucedido dichos acontecimientos, que hubiera estado tranquilamente mirando por la ventana de mi casa, o en la calle viendo los coches pasar, en lugar de en esas situaciones. Pero si hubiese estado contemplando ensimismada los pájaros de un árbol desde mi casa o escuchando el claxon de los coches, quizás ahora no estaría escribiendo esto, o no tendría ni la fuerza de voluntad que tengo ahora, ni la confianza tan rota. Así que perdóname si un día 13 cualquiera te respondo de manera más hiriente, o me quedo mirando la pared sin razón aparente. Ahora ya sabes por qué reacciono de esa manera.
Cambiando de tema, quiero que sepas que soy una persona bastante tímida  Si estoy con un grupo de personas, probablemente me verás callada y riéndome de vez en cuando. Puede que eso te incomode, pero no te preocupes, me gusta escuchar a los demás sin decir nada. Sin embargo, en el momento que cojo confianza, puedo ser demasiado hiriente. Me disculpo de antemano porque sé que si algún día me conoces, alguna vez pagaré contigo lo que no he pagado con quien debo hacerlo.(Soy así de estúpida). Pero no creas que soy una amargada, no, también tengo cosas positivas. Algunos dicen que soy buena persona, aunque yo (por esto que acabo de contarte) no me lo considero. Pero, ¿existen de verdad las buenas personas?
Volviendo a cambiar drásticamente de asunto, te diré que tengo mucho miedo de todo. No desvelaré a qué exactamente porque no sé quién eres y si vas a poder aprovecharte de ellos para hacerme daño en lugar de para protegerme. Lo único que sabrás es que antes tenía pánico a perder a los demás o a quedarme sola, y ahora, gracias al número que odio (y ya deberías estar relacionando conceptos) no les tengo el más mínimo pavor.
Y, ya está, te he aburrido lo suficiente como para que hayas dejado de leerme hace rato. Si aún sigues aquí, gracias. De verdad.
No te diré nada más sobre mi, porque el resto quiero que seas tú el que lo averigüe por sí mismo.
Así que, ahora que ya sabes medianamente quién soy... ¿te atreves a ver conmigo Amélie un día de lluvia, en una pequeña casita frente al mar?

viernes, 3 de mayo de 2013

Un último intento de decirte adiós, aunque solo se quede en intento.

Algunas personas me causan nervios en el estómago, de ese tipo de nervios que hacen daño. Tú, por ejemplo, eres una de ellas.
Me gustaría poder mirarte aún sin que lo sepas, y poder al menos saber qué tal te van las cosas ahora que me he ido. Pero no puedo, me duele demasiado saber que ya no estás conmigo.
¿Qué fue de las mariposas de mi estómago? Puede que hayan muerto de tanto esperarte. O quizás sigan ahí, aunque yo no me dé cuenta, quizás nunca sea capaz de hacer que dejen de volar cada vez que oigo tu nombre.
Pero ya no es un aletear reconfortante y lleno de optimismo, ahora es más como golpes en la tripa.
Quisiera que esas mariposas (o nervios, como prefieras llamarlo) siguieran dando vueltas en mi estómago, haciéndome cosquillas y no arañazos, que siguieran ahí, vivas como el primer día que vi tus hoyuelos, sin importar el tiempo que pasase.
Tiempo, bonita palabra.
Es él el que me dijo que en el fondo yo era la que más quería, y tiene sentido. Puede que si me quisieras tanto como te quiero me hubieras gritado que me quedara. En el fondo solo quería eso.
No lo hiciste.
¿Verdad que es triste ver que no solo no me detuviste, sino que me echaste a patadas?
También gracias a los días emborronados me di cuenta de que cometí muchos errores, que soy demasiado impetuosa y digo las cosas de la manera menos correcta posible, y lo siento por ello. Pero pensándolo bien, la forma de expresar mis sentimientos tampoco hubiera cambiado mucho el desenlace. Dijera lo que dijera, yo acabaría sola - como siempre - y tú siendo feliz con otra persona.
Tampoco a ti te costaba tanto dirigirme la palabra, y menos aún después de haberme arrastrado tanto por ti.
No te culpo, te conozco, y si en todos los meses que pasamos juntos nunca escuché un ''lo siento'' de tus labios, dudo mucho que aquel fatídico día hubiera sido diferente.
Irónico que al final sea yo la que acabe mal, cuando siempre creíste que sería al revés. Míranos ahora, tú pensando que no soy más que una cría, y yo con la confianza rota. (Créeme, no soy una cría, es lo que más me dolió que dijeras. Supongo que porque eso me demostró que no me conocías realmente).
Creo que durante estos meses sin ti me he dado cuenta de que dejaste de quererme hace mucho tiempo, no intentes negarlo, sabes que llevo razón.
Dime, ¿cuánto tiempo estuviste llorando, o lamentándote por haberme perdido? Porque yo aún sigo sin creer que haya vida después de ti. Pero tú, por lo visto, has superado con creces el que me haya ido.
Si estás enfadado por esto que te he escrito, ya no me importa, cada párrafo de esta carta es pura verdad, y cada letra lleva tu nombre, así que permíteme decirte, permíteme afirmar, que al final la que más quiso fui yo.
¿Me convierte eso en ganadora de algún estúpido juego o solo me hace una más de tu lista de 'cosas a olvidar'?
No soy más que alguien que nunca viste, ni tocaste, ni sentiste, no existí realmente, es normal que hagas como que nunca pasé. Lástima que yo no sea capaz de reaccionar de la misma manera.
Con todo esto intento darte un último adiós, ya va siendo hora después de casi tres meses sin tenerte. Sé que muchas veces te he escrito en un intento de despedirme, diciendo que sería la última vez que te dedicaría algo, pero esta vez es la definitiva.
Quiero que sepas que te querré toda mi vida, y quizás no te lo merezcas, pero yo no controlo lo que siento.
Sinceramente espero que seas feliz con ella, y que así abras los ojos y veas que pocas personas harán por ti todo lo que yo hice durante el tiempo que estuve a tu lado.
No creas que porque escriba esto habré pasado página, no es más que otro intento de dejar de pensarte. Aún me quedan muchos meses por delante, muchas recaídas. Pero, es lo que tiene enamorarse, ¿no?
Me quedan muchas cosas que decir, que gritar, que llorar, que susurrar, pero no me quedan palabras, y puesto que estas ya escritas no vas a leerlas, de nada serviría dejar salir al resto.
Así que Intenta no olvidarme si es que aún no lo has hecho, porque volveremos a vernos, joven precipitación de invierno.


miércoles, 1 de mayo de 2013

Usurpadora de amores de plástico.

Si vas a intentar, al menos, ocupar mi lugar, ten en cuenta que te será fácil: el hueco que dejé es demasiado pequeño. Aún así no me menosprecies, sé más de él de lo que tú nunca llegarás a saber.
Así que si vas a intentar, al menos, quererle un cuarto de lo que yo lo hago, ni se te ocurra mencionar aquel verano con su familia que nunca más volvería a ser la misma, ni tampoco intentes doblarle las camisetas de modo impoluto y casi liso, le gusta la ropa arrugada.
El chocolate mejor frío y blanco, es así de diferente, y jamás intentes llevarle a la montaña, porque detesta el olor de la tierra mojada por agua no salada.
Mejor azul que verde, pero nunca rojo, ni siquiera en tus labios, no es tan clásico. Aunque quizás si lo camuflas con un beso en sus mejillas, deje de importarle tanto qué pintalabios has usado.
Le dan miedo muchas cosas, protégele.  No voy a decirte cuáles, no soy tan buena ni tan estúpida, pero si se va la luz procura estar a su lado.
Te diría en qué lugar tiene esos lunares que me gustan tanto y que difícilmente encajarán con los tuyos, pero dudo mucho que veas su piel como yo lo hago, o que aprecies esa cicatriz en la costilla que casi ni se nota, pero que le tiene tan acomplejado.
Sus grupos favoritos no hacen falta mencionarlos, supongo que ya los habrás escuchado, solo advertirte que sus discos más preciados están en el segundo cajón de su cómoda, a excepción de uno que estará siempre puesto en el tocadiscos, esperando para ser bailado.
Lo sabrás, pero es orgulloso, más que tú, más que yo, así que ten cuidado a la hora de enfadarlo, porque no  se disculpará contigo fácilmente.
Ya está, no te desvelaré nada más, el resto es cuestión tuya descubrirlo.
Aunque si le quisieras, al menos, un cuarto de lo que yo lo hago, ya sabrías todas estas cosas y alguna que otra que he callado.
Incluso sabrías que esa cicatriz en la costilla no existe, o que unos labios pintados de rojo le apasionan más que nada en el mundo, sobretodo si ese pintalabios le colorea la cara en una habitación oscura.
¿No lo sabías?