La gente suele decir aquello de ''No se lo cuentes a nadie o no se cumplirá'' cada vez que apagamos las velas, que vemos una estrella fugaz o que soplamos uno de esos molinillos blancos que tantos deseos encierran.
Deseos. A eso se resume todo: a desear y cerrar los ojos para hacerlos realidad, porque es la única manera plausible de cumplirlos a corto plazo.
Pero con ''deseo'' no me refiero a un mediocre ''Quiero que me toque la lotería''. Con ''deseo'' me refiero a ese tipo de ilusiones que se te enquistan tan profundo en el pecho que no puedes deshacerte de ellas. Te inundan hasta el último rincón de tu cuerpo e incluso duele el paso de los días si no puedes materializarlos.
Un deseo no es soplar las velas, ni hablarle a una estrella fugaz como si de verdad hubiera magia en ellas. Un deseo es aquello que encierra un motivo para vivir plenamente, y lo más parecido a un ''Y vivieron felices''.
Un deseo es el pedacito de felicidad que el universo entero no te deja tener.
No importa cuánto lo necesites o cuánto lo quieras, el mundo está en tu contra y va a hacer todo lo posible por derrumbar tus intentos de hacerlo realidad.
La vida tiene una catastrófica manía de frustrar sueños ajenos, de desgarrarte por dentro y hacer que se evapore todo atisbo de fuerza de voluntad.
Cuanto más fuerte sea tu deseo, más fuertes serán los inconvenientes y más complicado te lo pondrán todos para que no consigas tenerlo ante tus propios ojos.
Y te destrozarán.
Te harán sentirte impotente, te harán odiar a la humanidad entera porque la humanidad entera parece tener todos sus sueños cumplidos menos tú. Te harán lloran. Te harán tener rabia y querer romper todos los cristales y gritarle a todos los coches. Te harán querer quedarte mirando cómo se mueven las hojas de los árboles, impasible, porque ya nada más te importa.
Te harán querer dejar que ese deseo se aferre tanto a ti que acabes por acostumbrarte a convivir con él.
Pero nunca dejes que lo consigan, porque entonces ya no será un deseo. Entonces será un sueño frustrado. Y cuando un sueño se frustra no hay manera posible de lograr la verdadera felicidad, la felicidad que una vez sentiste creyendo que era posible querer estar despierto.
Cuando un sueño se frustra sólo te queda hacer que se cumpla o maquillar el dolor para siempre con un ''No pudo ser'' que ni tú mismo te llegas a creer.
Por eso cuánto más difícil me lo pone el universo entero, más ganas encierro de hacer que mi deseo se materialice y poder decir que aunque el mundo esté en nuestra contra le hemos mandado a la mierda.
Y ese es precisamente mi deseo.
Tú.
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miércoles, 27 de agosto de 2014
viernes, 8 de agosto de 2014
Espíritu libre.
La primera vez que la vi estaba llorando, pero yo no me di cuenta hasta pasados unos minutos. Mantenía la mirada inmóvil en el fin del mar, como si estuviera intentando leer qué había más allá de un horizonte. Como si de verdad fuese posible atrapar uno.
Tenía el pelo largo y ondulado cubriéndole las mejillas mojadas, y llevaba puesto un vestido fino y vagamente azul con dibujitos de pájaros blancos en él. A su espalda, tenía una mochila. Estaba tan disimuladamente llena que me permití pensar que ella era una trotamundos. Y no me equivocaba.
Me apoyé en el muro a pocos metros de donde se encontraba y me permití observarla sin permiso. Fue entonces cuando me fijé en que lloraba totalmente callada, sin emitir sonido alguno. Se limitaba a dejar que las lágrimas rodaran por sus mejillas lentamente hasta saltar como kamikazes por el acantilado de su barbilla. Y eso era muy triste, más triste que llorar a gritos era llorar sin decir nada. Porque llorar a gritos encierra dolor, pero llorar con calma significa sucumbir a la tristeza. Llorar con calma significa que ya no te importa llorar, que ya ni siquiera te molestas en hacer nada a parte de dejar caer las lágrimas. Llorar con calma encierra algo más que dolor, encierra un mundo entero de desgarros que han acabado por absorberte.
Así que al ver que no cesaba y que estaba totalmente absorta, me acerqué a ella y le ofrecí un pañuelo.
-Gracias -dijo.
Y siguió mirando el océano.
Le pregunté entonces por su nombre y me contestó que se llamaba Maya. La pregunté después por qué lloraba y no respondió nada más.
De ella supe con el tiempo que desde muy pequeña había querido marcharse y ver mundo. Viajar, aunque fuera sola. Le aterrorizaba la idea de echar raíces y estancarse. Estancarse había sido precisamente el miedo que más problemas le había ocasionado. Ella misma me lo había dicho, era complicado encontrar a alguien que comprendiera su visión de ser libre.
-Ser libre -me dijo- es poder hacer lo que quieras sin ataduras. Por ejemplo, si a mí me apetece viajar a Michigan ahora mismo, podría hacerlo. Eso es ser libre, poder cumplir tus antojos sin pensar <<Tengo que cuidar de mis hijos>> o <<No puedo, mi jefe me despediría>> o incluso <<No tengo dinero>>. Eso son ataduras.
Y después de decir aquello apretaba sus rojos labios a modo ''esto es lo que hay, acéptalo'' y me miraba desde el otro lado de la sábana.
Por supuesto, yo lo aceptaba, pero eso no quería decir que no estuviera completamente atemorizado. Atemorizado, porque sabía que si ella era libre no podría retenerla conmigo eternamente. No podría decirla <<Quiero vivir contigo el resto de mis días>> porque la asustaría y echaría a volar. Atemorizado, principalmente, porque era consciente de que Maya podría marcharse en cualquier momento y no existía en el mundo posibilidad alguna de hacerla quedarse.
Maya era libre.
Al menos ella lo creía así.
Así lo creía, pero en el fondo yo sabía que no es posible ser libre, porque para ello es necesario renunciar y renunciando corremos el riesgo de ser infelices.
Maya era infeliz.
Al menos así lo creía yo desde la primera vez que la vi, llorando frente al mar. Nunca quiso contarme por qué lo hizo, pero algo me decía (quizá mi parte empática) que había dejado atrás demasiadas cosas con tal de escapar y había terminado por crear su propia jaula.
Ella era del tipo de persona que no puede encerrarse, porque acaba muriendo por dentro. Ese tipo de personas son las más asustadizas y, por consiguiente, las más dañinas. Son pájaros con el ala rota por haber vivido atrapadas demasiado tiempo.
Y te encariñarás con ellas, y les curarás el ala para que puedan volar en lugar de darse batacazos, pero entonces se marcharán porque no conocen otro modo de vivir que no sea el de huir todo el tiempo.
Así era Maya.
Un ave que nunca supo cómo volar.
Se había pasado media vida cortando sus raíces y al final había terminado por echar raíces en sí misma.
Por eso vivía perseguido por el temor de que podría marcharse en cualquier momento, porque ella tenía más miedo que yo. Mucho más miedo que yo.
Tenía el pelo largo y ondulado cubriéndole las mejillas mojadas, y llevaba puesto un vestido fino y vagamente azul con dibujitos de pájaros blancos en él. A su espalda, tenía una mochila. Estaba tan disimuladamente llena que me permití pensar que ella era una trotamundos. Y no me equivocaba.
Me apoyé en el muro a pocos metros de donde se encontraba y me permití observarla sin permiso. Fue entonces cuando me fijé en que lloraba totalmente callada, sin emitir sonido alguno. Se limitaba a dejar que las lágrimas rodaran por sus mejillas lentamente hasta saltar como kamikazes por el acantilado de su barbilla. Y eso era muy triste, más triste que llorar a gritos era llorar sin decir nada. Porque llorar a gritos encierra dolor, pero llorar con calma significa sucumbir a la tristeza. Llorar con calma significa que ya no te importa llorar, que ya ni siquiera te molestas en hacer nada a parte de dejar caer las lágrimas. Llorar con calma encierra algo más que dolor, encierra un mundo entero de desgarros que han acabado por absorberte.
Así que al ver que no cesaba y que estaba totalmente absorta, me acerqué a ella y le ofrecí un pañuelo.
-Gracias -dijo.
Y siguió mirando el océano.
Le pregunté entonces por su nombre y me contestó que se llamaba Maya. La pregunté después por qué lloraba y no respondió nada más.
De ella supe con el tiempo que desde muy pequeña había querido marcharse y ver mundo. Viajar, aunque fuera sola. Le aterrorizaba la idea de echar raíces y estancarse. Estancarse había sido precisamente el miedo que más problemas le había ocasionado. Ella misma me lo había dicho, era complicado encontrar a alguien que comprendiera su visión de ser libre.
-Ser libre -me dijo- es poder hacer lo que quieras sin ataduras. Por ejemplo, si a mí me apetece viajar a Michigan ahora mismo, podría hacerlo. Eso es ser libre, poder cumplir tus antojos sin pensar <<Tengo que cuidar de mis hijos>> o <<No puedo, mi jefe me despediría>> o incluso <<No tengo dinero>>. Eso son ataduras.
Y después de decir aquello apretaba sus rojos labios a modo ''esto es lo que hay, acéptalo'' y me miraba desde el otro lado de la sábana.
Por supuesto, yo lo aceptaba, pero eso no quería decir que no estuviera completamente atemorizado. Atemorizado, porque sabía que si ella era libre no podría retenerla conmigo eternamente. No podría decirla <<Quiero vivir contigo el resto de mis días>> porque la asustaría y echaría a volar. Atemorizado, principalmente, porque era consciente de que Maya podría marcharse en cualquier momento y no existía en el mundo posibilidad alguna de hacerla quedarse.
Maya era libre.
Al menos ella lo creía así.
Así lo creía, pero en el fondo yo sabía que no es posible ser libre, porque para ello es necesario renunciar y renunciando corremos el riesgo de ser infelices.
Maya era infeliz.
Al menos así lo creía yo desde la primera vez que la vi, llorando frente al mar. Nunca quiso contarme por qué lo hizo, pero algo me decía (quizá mi parte empática) que había dejado atrás demasiadas cosas con tal de escapar y había terminado por crear su propia jaula.
Ella era del tipo de persona que no puede encerrarse, porque acaba muriendo por dentro. Ese tipo de personas son las más asustadizas y, por consiguiente, las más dañinas. Son pájaros con el ala rota por haber vivido atrapadas demasiado tiempo.
Y te encariñarás con ellas, y les curarás el ala para que puedan volar en lugar de darse batacazos, pero entonces se marcharán porque no conocen otro modo de vivir que no sea el de huir todo el tiempo.
Así era Maya.
Un ave que nunca supo cómo volar.
Se había pasado media vida cortando sus raíces y al final había terminado por echar raíces en sí misma.
Por eso vivía perseguido por el temor de que podría marcharse en cualquier momento, porque ella tenía más miedo que yo. Mucho más miedo que yo.
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